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Siempre quedará París

El azoro, la tristeza y a lo que sigue. Crónica de un duelo tiempos de guerra
(FOTO: Salvador Banyo )

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Santiago Rosero
| domingo, 22 de noviembre de 2015 | 00:01

No había aspavientos ni alaridos. Había recogimiento. Los rostros mezclaban frustración, desconcierto, impotencia. Las lágrimas se reprimíano se consolaban en un hombro conocido. La pena se extirpaba sintiendo la presencia de los otros. Sorprendió más la magnitud de los ataques que el hecho de que ocurrieran. Sorprendió que los blancos no fuera judíos, policías o periodistas blasfemos, sino ciudadanos de a pie

“ No pensé que esto pudiera ocurrir aquí, en mi barrio, quizá en los centros comerciales, pero sabía que iba a pasar. Francia está comprometida en la guerra en Siria, y por eso no me sorprende”, dice Frank Flament, de 47 años. “Esperaba que esto pasara, es casi normal. Realmente no se hizo nada para evitarlo”, coincide Chloé Poirat, de 27. Ambos estuvieron la mañana del 14 de noviembre frente al bar Le Carillon y el restaurante Le Petit Cambodge, dos de los lugares atacados. Allí, en los bares Bonne Bière y La Belle Équipe, en el Comptoir Voltaire y en la sala de conciertos Bataclan, miles de personas hicieron lo mismo: encendieron una vela, ofrecieron una flor. Compartieron en silencio un pensamiento en homenaje a las víctimas.

Mientras los medios actualizaban los hechos y apuraban los análisis, las personas reunidas donde se concentraba el duelo intentaban lidiar con las emociones. ¿Qué se siente en esas primeras horas de los días después? ¿Dolor, rabia, miedo? ¿Cómo se vislumbra el futuro próximo en un país que empieza a acostumbrarse a los atentados? Lo que fuera que sintiera —una mezcla de todo, algo inenarrable— se lo guardaban dentro, con esa conducta estoica o simplemente pudorosa de comportarse en público. 

No había aspavientos ni alaridos. Había recogimiento. Los rostros mezclaban frustración, desconcierto, impotencia. Las lágrimas se reprimían o se consolaban en un hombro conocido. La pena se extirpaba sintiendo la presencia de los otros.

La actual ola de terrorismo islamista que golpea a Francia arrancó en marzo de 2012 cuando Mohamed Merah, un francés de origen argelino que se entrenó en Pakistán con una filial de Al Qaeda, asesinó a tres militares y a cuatro judíos, entre ellos tres niños, en el sur del país. Luego, la matanzas en las oficinas de Charlie Hebdo y en un supermercado kosher en enero pasado, confirmaron al grupo Estado Islámico como nuevo cerebro de los ataques, con su empresa masiva, descentralizada y multinacional (el número total de combatientes varía de 30 mil —cifra dada a conocer por la CIA— a 200 mil —número dado por el entorno de Mazoud Barsani, líder kurdo en Irak—; entre ellos habría extranjeros de 90 países, y entre los europeos la mayoría son franceses). En todos esos casos, los objetivos fueron específicos, además de usuales para los radicales: judíos, miembros de la fuerza pública, periodistas acusados de blasfemos.

Los últimos atentados en París, ordenados desde Siria, organizados en Bélgica y ejecutados por terroristas franceses, rompieron con esa lógica y por eso el miedo en la ciudad se convirtió en un ente amorfo. No era un miedo paralizante cercano a la paranoia. Eso era evidente a pocos metros de los lugares atacados, en los comercios abiertos, en los deportistas trotando al borde del Canal Saint-Martin, en los cafés donde la gente bebía cerveza a las 10:00 de la mañana. Era, más bien, un miedo subordinado a la voluntad de no dejarse caer, que inspiraba cierto valor. Un miedo que incluso parecía inservible si se aceptaba, con la cabeza fría que permitía el momento, que siempre se vive en riesgo.
En esas horas posteriores, los habitantes de esta ciudad lacerada parecían conectados bajo la misma consigna: seguir viviendo, a pesar de todo. “Cuando ocurrió lo de Charlie Hebdo entendimos que se trataba de víctimas precisas, pero ahora es toda la población la que está amenazada. No tenemos miedo, pero tenemos dudas”, dice Julien Zenguignan, enfundado en sus 34 años.

Katie Loisseau —con cinco años de edad más que Julien—, está segura de que lo importante es no caer en pánico, porque de todas formas no hay nada que hacer si hay un nuevo atentado. “No puedo decir que tengo miedo, pero tampoco puedo decir que me siento segura. Los parisinos vivimos con una fuerte sensación de peligro desde los atentados a Charlie Hebdo, por eso sabíamos que esto iba a pasar”.

Nadie está a salvo ahora. Bien lo sabe Lea Cardinal, de 21 años. “Creo que estamos en una guerra en la que nos pueden golpear en cualquier momento, en cualquier lugar. Pero tenemos que seguir viviendo, no podemos escondernos en la casa”.

El coraje surgido de la pena puede ser un animal frágil. El domingo 15 por la noche hubo una gran convocatoria en la Place de la République, un emblemático lugar de encuentro ciudadano muy cerca de los bares atacados. El ritual era el mismo: flores, velas, circunspección. Alrededor de las 18:30 horas una explosión provocó una estampida. La gente corrió por encima de las ofrendas, muchos rodaron por el piso, las terrazas de los restaurantes aledaños se vaciaron. Falsa alarma. Alguien se divertía lanzando petardos.

Clima atípico
La noche del viernes 13 hubo una temperatura agradable, inusual para esos días de noviembre. Las mesas instaladas en las aceras del restaurante Le Petit Cambodge y del bar Le Carillon, el uno frente al otro en la esquina entre Alibert y Bichat, al noreste de París, estaban copadas. El ambiente era el común en esa zona del décimo distrito: jóvenes de clase media, estudiantes, hípsters, bohemio-burgueses disfrutando de un entorno moderno de raíz popular. A las 21:25 horas la normalidad se quebró. Un auto Seat negro frenó de golpe, dos atacantes aparecieron con la cara descubierta y descargaron ráfagas de fusiles kalashnikov. Algunos presentes dicen haber escuchado gritos de “Allah akbar” (Dios es grande). El ataque duró apenas dos minutos, pero en el suelo quedaron 15 muertos y 10 heridos. Luego, los terroristas avanzaron y a cinco cuadras de ahí, al pie del bar Bonne Bière, esquina entre Fontaine du Roi y Faubourg du Temple, atacaron de nuevo. Esta vez dejaron cinco muertos y ocho heridos de urgencia.

Casi al mismo tiempo, otro grupo de yihadistas operaba al exterior del Stade de France, en la periferia norte de la ciudad, donde las selecciones de Francia y Alemania jugaban la primera mitad de un partido amistoso. A las 21:20 horas una explosión llamó la atención del defensa francés Patrick Evra, que llevaba el balón por su banda derecha y estaba siendo enfocado por las cámaras de televisión. En las gradas, donde había 72 mil personas, la mayoría pensó que se trataba de fuegos pirotécnicos. A las 21:30 se escuchó otra detonación, como la primera, pudo escucharse en vivo por televisión. Agitación al interior del estadio. Quienes alzaron la mirada hacia el palco presidencial, donde estaba François Hollande, vieron que lo rodeaba su grupo de seguridad. Entendieron que ocurría algo grave. Enseguida el mandatario fue sacado del estadio y llevado al ministerio del Interior. A las 21:53 horas hubo una tercera explosión, y aunque el partido continuaba y no se comunicaba nada oficial para no causar pánico, mucha gente empezó a salir por su cuenta, despavorida. Un helicóptero sobrevolaba el lugar y varios camiones de fuerzas especiales se apostaron al exterior. El encuentro terminó, Francia ganó 2 a 0 y cuando los jugadores entraron a los camerinos, la voz del alto parlante dio la consigna al público de reagruparse en la cancha. Quince minutos después los dejaron ir. Más tarde se sabría: tres kamikazes hicieron detonar sus cinturones bomba. El primero intentó entrar al estadio con boleto en mano, pero huyó al descubrirse el artefacto. Se hizo reventar mientras corría y se llevó con él a un hombre que se le cruzó en el camino. Cuatro muertos en el estadio.

Mientras los terroristas del Seat habían continuado su masacre tomando hacia el sureste en el distrito once. A las 21:36 horas dispararon contra otro bar, La Belle Équipe, en la calle Charonne: 19 muertos. El último ataque de ese comando fue a las 21:43, en el restaurante Comptoir Voltaire. Esta vez sin tiroteo. Uno de los atacantes entró al lugar, pidió un café y luego detonó su cinturón explosivo cargado con peróxido de acetona, pilas y cientos de pernos de acero. La empleada que le sirvió quedó gravemente herida. Sobrevivió. Sólo él murió.

Había un tercer equipo que actuaba simultáneamente. A las 21:40, a bordo de un auto Volkswagen Polo negro, tres individuos llegaron a la sala de conciertos Bataclan, en el bulevar Voltaire, muy cerca de los otros sitios atacados. Mil 500 personas presenciaban el concierto del grupo californiano Eagles of Death Metal en la sede emblemática de la música en vivo, construida en 1864 con la forma de una pagoda china, que fue cine, teatro y salón de bailes.

El viernes 13 fue el escenario de la masacre más horrenda de esa noche. Los hombres ingresaron disparando contra el guardia de la entrada, y una vez adentro soltaron una primera ráfaga contra la gente que estaba en el bar. En ese momento, los músicos interpretaban el tema Kiss the devil. Un terrorista se quedó en la fosa frente al escenario y dos se apostaron en las plateas. Más ráfagas. Silencio. Tiros a intervalos, probablemente ejecuciones. Según la prensa local, uno de los atacantes gritó: “Es la culpa de Hollande por haber intervenido en Siria”. Para entonces, el piso del Bataclan estaba lleno de cadáveres y de gente que se hacía la muerta para salvarse. Un empleado del local abrió una puerta lateral y muchos pudieron escapar, heridos, agonizantes. Son las imágenes de un video grabado por un periodista de Le Monde, que circuló en las redes sociales. Le siguió a eso una toma de rehenes que duraría más de dos horas. Cuando ya era sábado, a las 12:20 horas, los servicios especiales asaltaron la sala. Dos yihadistas se hicieron explotar activando sus cinturones, y al tercero le alcanzó un tiro antes de que pudiera accionar el suyo: 89 muertos para un total que más tarde se elevaría a 129, entre ellos siete de los ocho terroristas que participaron. Uno logró escapar.

Antes de que acabara el asalto al Bataclan, el presidente Hollande decretó el estado de emergencia y el cierre de fronteras. Aunque para ese momento no se había identificado a los atacantes, Hollande dijo: “Sabemos de dónde vienen, sabemos quiénes son”. Dijo también: “Francia sabrá defenderse”, pero, “efectivamente, hay razones para tener miedo”.

Macabro mensaje
Al día siguiente, el grupo Estado Islámico reivindicó los atentados. En un comunicado que hizo circular en la redes sociales se leían pasajes como estos: “un grupo de soldados del califato —término que utiliza el grupo para designar la zona que controla en Siria e Irak— ha tomado como blanco la capital de las perversiones y la abominación”; “los blancos fueron escogidos minuciosamente en el corazón de la capital francesa, el Stade de France durante el partido de dos países cruzados —para ellos, occidentales que combaten a los yihadistas— al que asistía el imbécil de François Hollande, el Bataclan, donde estaban reunidas centenas de idólatras en una fiesta de perversidad, así como otros objetivos de los distritos diez, once y dieciocho”; “Francia debe saber que seguirá siendo el blanco del Estado Islámico por haber osado insultar a nuestro profeta, por jactarse de combatir el Islam en Francia y atacar musulmanes en tierra del califato con sus aviones”.

El macabro mensaje confirmaba que la masacre apuntó contra símbolos de un estilo de vida liberal. Fue el disfrute de la noche, la música como expresión cultural, el futbol como espectáculo masivo. Esta vez fueron los jóvenes, el segmento mayoritario de la población, el pulso de la ciudad. También, en sus líneas finales el comunicado confirmaba que el atentado fue una venganza. El 27 de septiembre Francia había lanzado ataques aéreos contra posiciones del grupo Estado Islámico en Al Raqa, su feudo en Siria. Hasta ese momento se había negado a hacerlo, para no convertirse en un apoyo al régimen de Bashar al-Asad, que también combate a ese grupo terrorista pero al que Francia acusa de miles de muertes en la guerra que corroe a su país. Para justificar los ataques aéreos, Hollande evocó “legítima defensa” pues, dijo, había información de que los terroristas preparaban atentados en suelo francés. Así, Francia pasó a formar parte de la coalición anti-Estado Islámico, dirigida por Estados Unidos y de la que hacen parte, a distintos niveles, 40 países de todos los continentes. La información sobre los posibles atentados resultó ser cierta.

La habitual agitación del inicio de semana se mezcló con altas dosis de emotividad. El lunes 16 al medio día, Francia ofreció un minuto de silencio a sus víctimas. Miles de personas se juntaron, ahí donde les agarró el momento, en un abrazo solidario que a pesar del contexto le inyectó energía a una jornada intensa. A esa altura se sabía casi con certeza que Abdelhamid Abaaoud, un yihadista belga de 28 años, fue el organizador de los atentados. A lo largo del día se identificó a cinco de los terroristas: Ismail Omar Mostefai, Samy Amimur, Bilal Hadfi y los hermanos Ibrahim y Salah Abdeslam, este último, prófugo.
Por la tarde, en reunión extraordinaria en el Palacio de Versalles, François Hollande habló ante los asambleistas y anticipó que pediría una enmienda constitucional para poder extender a tres meses el estado de emergencia decretado, que por ley sólo puede durar 12 días. Las diversas fuerzas políticas daban por hecho que la enmienda se adoptaría durante la semana. La medida permitiría a las autoridades prohibir la circulación de personas, la instalación de zonas de seguridad y protección, el arresto domiciliario a los sospechosos de actividades peligrosas, el cierre provisional de salas de espectáculos. En la sesión, los asambleístas aplaudieron de pie. Fue cuando François Hollande informó que pronto se reuniría con Barack Obama y Vladimir Putin para juntar esfuerzos en una sola coalición para combatir al Estado Islámico. Obama y Putin juntos, lo impensable. De hecho, no fue necesario que Hollande los reuniera más adelante, porque ese mismo lunes, en Turquía, donde participaban en la Cumbre del G20, Obama y Putin se sentaron frente a frente durante unos minutos y acordaron que era mejor formar una misma fuerza y no mantener por separado la rusa (apoyada por Irán), y la otra (encabezada por Estados Unidos). Una sola coalición. Un mismo enemigo. Todos de acuerdo. La sesión en el Palacio de Versalles terminó juntando al gobierno y a la oposición al tono de La Marsellesa.

Para ese momento, la función Safety Check (Estoy bien) que Facebook creó para que los residentes en París informaran si estaban a salvo, había dejado de ser un artilugio aglutinador y se convirtió en la causa de disputas en la misma red social. ¿Por qué Facebook no creó la función también para Beirut, donde el día anterior a lo ocurrido en París el mismo Estado Islámico perpetró el ataque más mortífero en los últimos 25 años? Mark Zuckerberg tuvo que aclarar que la función había sido usada hasta entonces sólo para casos de desastres naturales, pero que después de París se la podría utilizar en todas las tragedias del mundo. También creó un filtro con la bandera de Francia para que los usuarios lo aplicaran en sus fotos de perfil como un gesto de solidaridad. Millones de personas lo aplicaron. Unas cuantas reclamaron que Facebook no creara la opción con la bandera del Líbano.

El ambiente rígido tras los atentados,se distendió con la apertura del cerco de seguridad que se había montado alrededor del Bataclan. Durante el fin de semana, la reja se mantuvo a más de 100 metros de la entrada. Hasta ahí llegaron flores, velas y palabras de aliento. Cuando el cerco se abrió, alguien entró y pudo colgar sobre la fachada del local una inmensa banderola que decía: “La libertad es un monumento indestructible”. Por la noche, las luces de la Torre Eiffel se volvieron a encender. Tenían el tricolor francés y 4 mil soldados custodiaban las calles de París.