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“La última vez que maté fue a los 17”

Una beca estudiantil truncó la carrera delincuencial del ex sicario que ahora se propone ser pastor cristiano
(FOTO: )
TEXTO Óscar Balderas FOTOGRAFÍA Felipe Luna
| domingo, 11 de octubre de 2015 | 00:10

Antes de cumplir 15 años fue ladrón de autos, asaltante, estafador y asesino a sueldo. También torturador, aunque a Pedro ya no le gusta hablar de eso. Él es uno de los 5 mil 992 menores de edad que el gobierno mexicano tiene registrados como “niños infractores”. Ahora, a los 23 años, cambió las balas por la Biblia

Yo no quería matar a ese hombre. Si aquella noche llevaba un fierro calibre 22 entre el pantalón y las nalgas no fue porque estuviera decidido a abrir la cabeza de alguien a plomazos, sino porque personas como yo nunca salen de su casa sin una pistola, del mismo modo que tú no vas al trabajo sin la credencial de la empresa o a una fiesta sin cartera.

En mi mundo, cargar un arma repleta de balas equivale a la precaución que tienes cuando verificas que la pila de tu celular esté cargada antes de conducir por carretera.

El problema empezó porque esa noche fue 30 de diciembre. La banda estaba a tope con una party de fin de año en la calle Lorenzo Boturini, en la Ciudad de México. Había tanto alcohol como para tumbar al barrio entero y tanto perico como para ponerlo de pie al día siguiente. Yo andaba tan fundido por las dos que me sentía superhéroe, por eso dije que sí cuando mi patrón habló para sacarme del relajo para hacerme un encargo. Al fin que traía mi 22 entre el pantalón y las nalgas y un grupo de amigos me acompañarían.

Me gustaba esa arma porque con ella las balas no atraviesan el cuerpo. Te va peor: te recorren por dentro. La punta chata abre la piel, rompe músculos y se abre paso entre los huesos. Te provoca un derrame, que te ahogues, que la sangre se te salga por la boca. Como en las películas. Por eso hay que tirar tres o cuatro cuetazos para sacar a la gente de su sufrimiento. En cambio, con mi otra arma, la .38, un balazo basta. Pero esa noche yo no planeaba matar a nadie, así que sólo traía una pistola.

Le pedí a unos amigos que conocí en la fiesta que me llevaran en su motocicleta a la casa que me indicó mi jefe. Les dije que sólo iba a recoger algo y que me esperaran en la calle. Me vieron tocar el zaguán a patadas. Traz, traz, traz. Se abrieron las dos puertas y apareció el hermano del deudor. “¿Qué quieres?”, “¡tu carnal debe una feria!”. Se quedó callado, dio la vuelta, gritó a su carnal y desapareció. A los minutos, bajó el que traía deudas con mi patrón. Un don con sus años bien puestos y su bambam en la mano, ¿no sabes qué es eso? ¿conoces al hijo de Pablo Mármol en Los Picapiedra, el que siempre traía su garrote? Pues ese es el Bam-Bam. Y ¡zum! lo aventó hacia mi cabeza. Si me pega, me manda al más allá en un segundo. Pero lo esquivé. Y ahí fue cuando pensé: qué bueno que la gente como yo nunca sale sin pistola. Sujeté mi .22 y todo se fue al carajo.

Lo que sigue, no lo vas a creer. Como seguro tampoco me crees que alguien sale a la calle con pistola, pero sin planes de matar a alguien.

***

Las manos de Pedro son sorprendentes. Iguales a las de cualquier chico de 23 años, pero distintas al mismo tiempo. Esta tarde sus dedos sostienen una Biblia verde que carga a todos lados y eso hace difícil imaginar que hace apenas unos años esas extremidades empuñaban pistolas y jalaban el gatillo sin entumecerse.

También cuesta creer que él fue un niño sicario: tiene una estatura promedio, cabello cortísimo, ojos grandes, una boca que sonríe la mayor parte del tiempo, piel libre de tatuajes y perforaciones sobre una playera negra de manga corta, jeans y tenis negros. Es como cualquier chico. Cuando saluda, extiende la mano y ante la pregunta cómo estás, él siempre responde “muy bendecido por Dios” y da un abrazo. Tiene una presencia educada y conmigo es, incluso, un chico cariñoso que pone su mano en mi hombro cuando caminamos por la calle y me cede el paso en la entrada de la iglesia.

—¿Qué te pasó ahí? —me pregunta, mientras esperamos que llegue el fotógrafo que lo retratará. Estamos sentados en las bancas de una capilla de la Iglesia Cristiana Interdenominacional, al sur de la ciudad. Quiere ser fotografiado aquí, debajo de un grabado que dice “Dios es amor”, porque, asegura, que si Dios puede amarlo después de todo lo que ha hecho, significa que su vida tiene remedio.

—Me quemé —respondo y jalo la manga de mi camisa para cubrir el punto negro en mi muñeca izquierda —fue un accidente con la estufa—.

—No es cierto —responde y sonríe— esa es la quemadura de un cigarro. Personas como yo saben lo que es una quemadura de cigarro en la piel.

“Personas como yo” es una frase que se repite en los cuatro encuentros que sostengo con Pedro en casi un año, para contar la historia de su vida. Y se refiere a que él fue un ladrón de autos, asaltante, estafador, pero principalmente asesino a sueldo. También un torturador, aunque de eso no le guste hablar. Y todo eso antes de que cumpliera 15 años.

Es también uno de esos 5 mil 992 menores de edad que el gobierno mexicano tiene registrado como “niño infractor” en un documento de la Comisión de Puntos Constitucionales de la Cámara de Diputados.

—¿Lo sabes porque quemabas a tus víctimas?

—Yo hice muchas cosas malas —ataja la pregunta, desvía la mirada y la fija en su libro sagrado mientras aprieta las yemas de los dedos hasta que se le hacen blancas—, traía el demonio adentro, en serio, ¿te conté que de morrito secuestré a mi papá?

Pedro eligió este lugar para ser fotografiado porque pronto será pastor. En unos meses, su iglesia lo ungirá como un hombre capaz de guiar al rebaño de pecadores. Y aquí es donde cuenta su historia.

***

Sin el bambam que me había aventado, el señor estaba indefenso. Sólo tenía sus puños para defenderse, pero él no sabía que yo peleo como un pitbull que ataca siempre hacia adelante y aunque me den en la cara no retrocedo ni un centímetro. Eso hice esa noche: empecé a tromponear tan fuerte al señor que lo metí a su casa a puros golpes. Ni las manos pudo meter. “¡Ya estuvo, ya estuvo!”, gritaba para que me destrabara el coraje. “¿Ya estuvo qué?”, le aullaba y yo seguía duro contra su cara, aunque ya se hubiera rendido. Traz, traz, traz. Y si le veía el costado descubierto, pues también ahí le pegaba para que aprendiera a pagar.

Ahora que lo pienso, no era necesario tanto guamazo. Mi misión era recoger la deuda —no recuerdo cuánto, pero era mucha lana por droga— y tomar unos 5 mil pesos de comisión. Nomás con eso. No tenía que actuar con violencia, pero yo era así: como un pedazo de carne cruda que al contacto escurría sangre. Podía matar a cualquiera.

“¡Ya, ya estuvo!”, gritaba y a mí más coraje me daba, así que saqué mi 22 y lo encañoné en la sien para que se callara, pero no funcionó. La solución fue abrirle la frente a cachazos. Traz, traz, traz. No sé cuántos golpes le di hasta que me di cuenta que, sin intención, ya había puesto el dedo en el gatillo. Para mí, no había otra forma de agarrar una pistola, como para ti no hay otro modo de agarrar el lápiz cuando escribes. Y ¡pum! salió el cohetazo.

Le disparé tan cerca del cráneo que la bala aventó su cuerpo hacia unas cajas de cartón. Lo primero que pensé fue “¡no, no debí hacerlo!”, pero como el alcohol y las drogas te lavan esa impresión de la mente, porque luego pensé “¡chale, pues ya qué!”.

Estaba a punto de meterme a la casa para buscar el dinero, cuando escuché un gruñido detrás de mí. Sentí como si el diablo se me hubiera salido del pecho y me hubiera escalado por la espalda. Voltee con la seguridad de que se trataba de un perro, la mascota de la casa.

Era el señor. Con un balazo en la cabeza, iba detrás de mí.

***

Pedro nació en 1992 en un barrio bravo de la Ciudad de México. Por seguridad, pidió no decir cuál, pero sí dar una pista: por 15 años consecutivos su colonia ha permanecido en la lista de las cinco más peligrosas, según la policía de la ciudad. Además, oscila entre el tercer y cuarto semillero de convictos que habitan las cárceles locales.

Para conocerlo hay que empezar por su ascendencia. Su abuela fue peleadora de box y su abuelo, un policía que en la colonia saludaba a todos los maleantes. De los otros dos abuelos, no habla. Su mamá es una maestra de primaria pública y su papá era traficante de armas, narcomenudista y ladrón de lo que se pudiera y de quien se dejara. Una anécdota muestra la relación con su padre: a los 5 años Pedro lo acompañó al Mercado de Sonora y uno de los amigos de su papá mencionó que necesitaba comprar una llanta de refacción, pero eran muy caras. “¿Cuánto me das si te vendo una ahorita?”, preguntó el señor y por 300 pesos se jugó seis años en prisión:

—Estábamos recargados en un auto y enfrente había otra fila de carros. Mi papá se acercó a uno, se tiró al suelo y de abajo ¡pum! le bajó una llanta. La vendió y nos regresamos con el dinero. De chavito yo pensaba que mi jefe era Superman —dice Pedro y sonríe. A los siete años mi jefe ya me llevaba a robar con él.

Antes de aprender a multiplicar y dividir, Pedro aprendió de su papá los oficios de la delincuencia: fue abrelatas, es decir, un ladrón de autopartes; fardero, el que roba mercancía de una tienda escondiéndola en su ropa; y chinero, un asaltante que ataca a sus víctimas en la calle con una maniobra para asfixiarlos. Pero como chinear era un delito que podía acabar en homicidio y que requería más fuerza física, su padre le recomendó algo más acorde a su edad. Como cualquier padre que quiere lo mejor para su hijo. Consejo parental: desarróllate en la estafa, el robo psicológico.

—Mi banda y yo andábamos detrás de grupos de 10 morros en las escuelas. Los parábamos y les preguntábamos “¿te puedo hacer una encuesta?”. Y como me vestía bien y me veía chavito, aceptaban. “¿Qué compañía usan?”, “¿qué modelo de teléfono tienes?”, preguntábamos. Y sacaban sus celulares. Entonces yo empezaba de labioso: “miren, chamacos, se trata de lo siguiente: yo trabajo para un cártel y no les quiero hacer daño, nada más venimos por un cábula y le vamos a dar un levantón; nos dijeron que se juntaba aquí y que trae un teléfono amarillo”. Se espantaban y me daban sus teléfonos, “no, yo no tengo uno amarillo”. Entonces yo hacía mi show de que marcaba a otro compa: “ya estoy con ellos” y les decía a los morros que en la esquina había una camioneta, “pasen por allá y si no son ustedes, ahorita les regreso sus celulares”. Pobres, nomás veía que llegaban a la esquina, un coche pasaba por mí y me pelaba con 10 celulares. Así, rapidito.

Toda la inteligencia callejera de Pedro se iba a delinquir. Terminó la educación primaria por milagro y un año después de entrar a secundaria, a los 13, empezó a combinar el crimen con el alcohol y el cigarro. Como la cerveza lo ponía psyco, su papá le recomendó siempre tener una navaja escondida para lo que se necesitara porque en su mundo los niños como él no salen a la calle sin un cuchillo o desarmador para pelear. Pero ningún arma le sirvió para pelear contra los policías que a los 14 años lo arrestaron por robar un celular. Pedro fue a la cárcel, al Consejo Tutelar para Menores, pero apenas estuvo 22 días. Unas 528 horas encerrado bastaron para convertir a un primodelincuente en un adolescente ávido de una carrera criminal.

—Es que debes saber algo, brother. En mi barrio existen los correjeros, los que salieron de la correccional para menores y son los héroes de los morritos. Se respetan, todo mundo quiere ser como ellos. Nada de maestros o doctores, la banda quiere ser correjera. Caminan por el barrio y ¡ay, hasta te cambias de banqueta de puro respeto que les debes tener! Y cuando yo salí, pensé que tenía madera para ser uno.

Para llegar a serlo, Pedro debía dejar las ligas menores del robo de celular. Había que aspirar a delitos mayores, por eso apenas recuperó su libertad inició la búsqueda de una nueva banda que impulsara su carrera como delincuente. Pronto, conectó con una banda que robaba bancos en la delegación Miguel Hidalgo. Con ellos, se aficionó a la .38 y la 9 milímetros. Su jactancia de cargar un arma a todas partes lo hizo temido, respetado. Su fama viajó hasta los oídos de un asesino cuyo nombre es impronunciable. Sólo se refiere a él como “El Patrón”, fue quien por primera vez le ofreció trabajo como sicario.

El primer trabajo era sencillo para alguien como Pedro, a quien la pistola le parecía una extensión del brazo derecho: matar de un balazo a un desconocido. El plan consistía en que los otros integrantes de la banda de “El Patrón” lo recogerían a la salida de la secu y aún con sus pants de 3er. año subiría a la moto de sus cómplices, sin pisar el pavimento, desde la calle, dispararía a un hombre que saldría a hablar por teléfono al balcón de su departamento en una colonia del centro de la ciudad. Se asomaría porque en su departamento no había buena señal para su celular y su socio, quien contrató a su “Patrón”, lo llamaría cuando Pedro se reportara en una posición que le permitiera disparar certero entre las dos cejas.

—¡Pum! ¡En la mera frente! Nomás recuerdo que antes de pelarnos de ahí vi como el cuerpo quedó colgando —dice Pedro con euforia que luego se transforma en vergüenza—, sí, me dieron una buena lana por ese trabajo. Sentí una adrenalina que… no se me quitó en días.

No le gusta hablar de los demás asesinatos que cometió. Sin embargo, el día que lo conocí llegó con otro joven que sicariaba a su edad. Conmigo, se rehusaron a contar sus homicidios, pero entre ellos iniciaron una extraña competencia de quien hizo más daño. Pedro y él aventaban palabras a la mesa como quien tira cartas para ganar una mano de póquer: uno quemaba los pies de sus víctimas con ceite, otro se metía a sus casas y los amarraba en una habitación donde amenazaba con atornillarles el cráneo; uno les metía agujas en la piel, otro los golpeaba hasta la súplica desesperada. Todo eso en los días en que se graduó de la secundaria.

Los días de sicario eran de locura para Pedro. Ni siquiera su papá, un tipo temido en el barrio, podía contenerlo. Cuando quiso echarle la culpa de su comportamiento violento al alcohol y amenazó con internarlo en una clínica para adictos, Pedro llamó a sus cómplices en los asesinatos y ordenó que secuestraran a su papá. Durante dos días, el hombre estuvo recluido en una casa de seguridad hasta que su hijo se aseguró que el mensaje fuera claro: el hombre de la casa serás tú, pero el de los güevos soy yo, aunque aún no tenga edad para votar.

Durante dos años, la vida de Pedro dejó de tener verdades para dar paso a las versiones. En la plática con otro sicario, dijo no acordarse de tantos homicidios que cometió, pero superaban 10. Conmigo, a solas, reconoció seis. Para la justicia de la ciudad, sólo cometió uno.

Y ese único homicidio que le pudieron comprobar terminó con su carrera de sicario: el del señor que en la madrugada previa de Año Nuevo terminó con un balazo en la cabeza.

***

Cuando escuché el gruñido y voltee a ver al don, me sorprendió su mirada. Aunque tenía el ojo caído y una mirada idiota, me quería alcanzar antes de que saliera de su casa. Yo debí poner cara de que vi un fantasma, porque cuando miré a los amigos que me estaban esperando en el zaguán, ellos tenían el mismo gesto: cómo era posible que pudiera ponerse de pie si le acababa de volar el cuero cabelludo.

¡Chinga tu madre!”, me alcanzó a decir y mejor le cerré la boca con otro balazo. Bien dado para que nunca más se levantara.Traz. Y ora sí lo vi caer. Su imagen todavía la traigo en la cabeza. Te cuento esto y es como si lo volviera a vivir… en fin, nomás me aseguré que no hubiera médico en este mundo que lo pudiera salvar, me di la vuelta, recogí mis dos casquillos y me salí de la casa. Imagínate: cuando cerré la puerta todavía no había muerto. Aún jalaba aire el don, pero ya paqué, si estaba todo agujerado.

Ahí me di cuenta que no llevaba con qué moverme. La moto en la que había llegado era de mis amigos, pero ellos no sabían que yo era sicario. Éramos cuatro y esos tres estaban apanicados. De ese miedo que te suelta la boca, que hace que llames a la policía. No los dejé ir. “¿Cómo que ya te vas? ¡Nos vamos a mi casa, órale!”, les grité. En mi cantón, los senté a la fuerza en la sala y le marqué a mi hermano —ah, porque tengo un hermanito menor, también cábula y trenzudo el chamaco— y le dije que se regresara a ayudarme. Apenas llegó y puso orden a todos a alaridos. “¡Dicen algo de mi carnal y los voy a matar!”, mientras ondeaba su fierro.

Pero la amenaza no funcionó. Alguno de esos tres cantó con la policía en la mañana o en la tarde del mismo día. Dijo todo, hasta la dirección de mi casa. Lo sé, porque la noche del 31, mientras todos se preparan para la cena de Año Nuevo, la tira tocó a mi puerta y me torció. Me arrestaron por el asesinato de ese don y me mandaron a la cana. Cuando ya estaba en la ruta de volverme correjero. Tenía 17 años y esa fue la última vez que maté. Para algunos esa es la parte más interesante de mi historia. Yo digo que no...

***

Primero fueron nueve meses en la prisión juvenil de San Fernando. Bastaron unos días a Pedro para mostrar a sus compañeros su talento para los golpes. A trompadas, se convirtió en líder de esa prisión para niños ladrones, sicarios y secuestradores. Tal vez, admite, si ahí se hubiera quedado hasta el final de su sentencia habría quedado en libertad unos años después y hubiera vuelto a las calles para matar con la seguridad de que pronto estaría en un reclusorio para adultos. Pero un papeleo burocrático lo trasladó antes de cumplir un año en esa cárcel, a la comunidad de adolescentes en la Escuela Correccional para Varones, por algo que él aún no se explica. Y eso, dice, le cambió la vida.

Apenas llegó a su nueva correccional, Pedro se convirtió en padrino de la 4a. sección junto otro violento apodado “El Tayson”. Eran el terror del lugar. Robaban a los nuevos, vendían marihuana a los veteranos y cuando las luces se apagaban y los dormitorios se quedaban sin custodios, los dos se movían como reyes. Era común que, sólo por diversión, despertaran a patadas a los otros menores que en sus barrios eran temidos por niños y adultos, pero frente a los padrinos agachaban la mirada para no perder los dientes.

Ni los otros niños asesinos podían con su temperamento, así que en unos meses Pedro fue transferido de la 4a. sección a una celda alejada en el tercer patio. El contacto con otros jóvenes era mínimo. Con su familia, igual. Pasaba horas hablando consigo mismo, tratando de paliar la soledad. En una de esas ocasiones, recuerda, se sintió tan solo que se plantó frente a una escultura de un Cristo de tamaño similar a la que tenía en casa de San Judas Tadeo, el santo de las causas difíciles y ligado en ocasiones a bandas criminales, y le gritó hasta que se cansó: “¡Tienes manos y nunca me has tirado paro! ¡Tienes ojos y nunca me has visto! ¡Mírame ahora, me estoy pudriendo!”, chilló desde su patio solitario.

A partir de esos gritos, Pedro trata de explicar algo que racionalmente le parece inexplicable. Los agnósticos le llaman coincidencia, pero él lo bautiza como un milagro: una semana después de ese desahogo, fue notificado en la dirección de la cárcel que había sido elegido para formar parte de un programa de extensión educativa del Instituto Tecnológico y de Estudios Superiores de Monterrey para iniciar y concluir su preparatoria. Él ni siquiera se había postulado. No tenía intención de seguir estudiando. Pero la oportunidad estaba ahí: una beca completa desde la cárcel y una computadora para hacer las tareas.

—Es la fecha en que yo no sé quépasó, neta. Llegó así, de la nada: “te becaron en el Tec de Monterrey, ¿quieres o no?”. Yo ya tenía 19 años y sin mentirte brother, yo no sabía ni leer fluido. Era como un analfabeta, pero dije “venga, acá se arma eso” —cuenta y sus ojos se agrandan de entusiasmo —¡Órale, traigan esa compu, acá le echo montón!

Pedro dejó de vender marihuana en la correccional. Se encerró en la biblioteca, se rodeó de los libros que le llegaban del mundo exterior y palomeaba sus tareas. Si no entendía algo, preguntaba a los custodios y si ellos no sabían responderle, iba con las autoridades de la correccional. En el peor de los casos, investigaba solo y mandaba sus tareas por un acceso controlado a internet. Conforme confió en que sus manos estaban hechas para otras cosas que no fueran matar y robar, se inscribió a más actividades: un día, Pedro hacía un alebrije con la forma de sus pesadillas; otro, servía pases en el equipo de futbol americano de la correccional. Y cuando mejor se sintió experimentó con la cocina y hasta con la danza. Así terminó con sus días de aislamiento y regresó a convivir con sus compañeros. Pensaba que cada día se acercaba más a la versión que ahora quería de sí mismo: libre de drogas, abstemio, tranquilo, “admirado por las razones correctas”. Pero el avance de los días también traía malas noticias: la fecha de su liberación se acercaba y eso significaba volver al barrio, a un hoyo negro que devora buenas intenciones. Pedro sabía que si ponía un pie en la calle sin una red de apoyo, en unos meses volvería a ser enlatado.

Exploró alternativas. Anotó en una lista posibilidades y se entusiasmó. Luego las pensó bien, las descartó y lloró, porque supuso que nadie le daría una oportunidad a un multihomicida. Pensó que su destino estaba escrito en una carta sellada… Entonces conoció a Pablo, otro niño sicario que estaba a días de su liberación y que había encontrado una fundación llamada Reinserta un Mexicano, que le ofrecía contratarlo para que contara su historia en escuelas ubicadas en colonias peligrosas y su testimonio sirviera para prevenir el delito. Pedro le pidió que lo incluyera en el proyecto y junto con otro chico sentenciado por varios robos crearon la iniciativa “De barrio a barrio”. Luego de cuatro años recluido, estabafrente a un plan para rescatar su vida.

“Pedro necesitaba una mano que lo ayudara para salir de su…. ¿sabes cómo le llamaba él? su ‘pozo’. Él se imaginaba adentro de un hoyo negro, oscuro, que no lo dejaba salir. Reinserta un Mexicano se creó para eso, para darle una mano a gente como él que quiere salir de ese abismo. Creímos en él, en ellos, respaldamos su iniciativa y así fue que, cuando Pedro salió por fin de la cárcel, no sólo tenía ya un empleo, sino uno que le permitía usar todos sus conocimientos en algo benéfico para todos”, cuenta Mercedes Castañeda, cofundadora de la ONG junto con Saskia Niño de Rivera.

“Nos opusimos a pensar que Pedro nació malo y no había nada que hacer por él. Nosotros nos fondeamos con donativos y lo que recibimos ayuda a dar fuerza a su proyecto. La gente piensa ¿por qué donar a unas locas que ayudan a criminales a regresar a la sociedad? Hay dos razones: la generosa es que todos merecen una segunda oportunidad y un niño sicario fue, primero, una víctima de violencia; y la razón egoísta es que si no los ayudamos ahora, mañana probablemente serán los que hagan daño a mi familia”.

Las pláticas de prevención del delito y sexualidad en el proyecto “De barrio a barrio” ha llegado en el último año a varias escuelas de zonas conflictivas como la colonia Morelos, pero también a universidades privadas como la Iberoamericana y La Salle. Hoy, están en busca de directores de escuelas, asociaciones de vecinos, comerciantes o mecenas que los contraten para llegar a más jóvenes.

—Yo ahí les digo: la neta, ser correjero no es ningún honor. Andar en la cárcel todo chateado, llorando, solo, sintiéndote muy picudo porque golpeas mejor que otros ¡eso qué! ¡no es vida! Vida es esto: pelear por mi siguiente beca escolar, tener proyectos en la comunidad, que la gente te aplauda porque haces cosas para bien, hacer ejercicio, ¡dormir tranquilo! —expresa Pedro.

Hoy, calcula, con sus pláticas patrocinadas por donantes a través de Reinserta un Mexicano habría removido las intenciones criminales de unos 15 chavos que eran bombas de tiempo esperando explotar y convertirse en sicarios o secuestradores. Al mismo tiempo, logró cada vez leer más fluido, escribir con menos faltas de ortografía y concluir su preparatoria en diciembre de 2012 para ir por una ingeniería.

—Hoy mírame. Ando bien acá, mirada limpia, nada de andar de vago, tengo trabajo en la ONG y apoyo a chavos que estaban como yo. Me levanto, desayuno, vengo a trabajar en mis pláticas, planeo, escribo, hago cosas, voy a la escuela, hago ejercicio y … ¡me estoy preparando para ser pastor, brother!

Le emociona verse a sí mismo como el niño sicario que se convirtió en guía de pecadores. Bajo el arco de una iglesia cerca de Calzada de Tlalpan, la avenida emblemática de la capital mexicana donde el sexoservicio es tolerado, Pedro se emociona con cada saludo de la feligresía que espera ansiosa su graduación como líder religioso. Le impresiona que todos sepan que asesinaba a sueldo y que a nadie le moleste. Al contrario, dice, alientan que se gradúe como pastor y le aplauden cuando leven esas manos que escurrían sangre, ahora cargando una Biblia verde.

—¿No hay alguien que protestaría tus bendiciones? Tú mataste gente con las manos con las que persignarías a las personas —le pregunto y se encoge de hombros.

—Ya soy otro, esa persona ya no existe.

Mientras el fotógrafo retrata a Pedro en su iglesia, no puedo evitar fijarme en sus manos: son sorprendentes. Trato de imaginar cuánto sufrimiento causaron, cuántas personas murieron viéndolas sujetar un arma o un cuchillo, cuántos objetos robaron arruinando la vida de familias enteras, cuántas veces habrán disparado una bala que jodió al hijo de alguien, la mamá o el esposo de alguien.

—¿Dios perdona a todos, incluso a los sicarios? —le inquiero.

—Yo creo que sí —dice con una sonrisa que se mantiene en su rostro incluso después de que la cámara fotográfica se ha apagado.

—Espero que sí.

***

Mi primer día como pastor cristiano lo imagino así: atravesaré esas altas puertas de la iglesia y se hará un mutis que sólo he escuchado cuando un correjero entra armado a una party. Como la banda se callaba cuando me veían llegar al barrio. Pero esta vez no me temerán. Me verán con admiración y respeto. El rebaño me verá con sotana, mi Biblia y caminando erguido por el pasillo que atraviesa las bancas hasta el altar y olvidarán que yo era un niño sicario con una 9 milímetros entre el pantalón y las nalgas.

Subiré al altar con ese paso tumbado que transmite seguridad. Rezaré las sagradas escrituras en un tono de voz distinto al que usaba cuando amedrentaba antes de matar. Consagraré gente cruzando mi dedo pulgar e índice, los mismos con los que aseguraba el cañón de mis armas para no errar cada tiro.
Quien desconozca mi pasado no creerá que yo me reía cuando veía a mis muertos desesperarse por aire antes de partir de este mundo. Me invitarán a bendecir automóviles, casas, negocios. Incluso, podré bautizar niños y aconsejar matrimonios. Y me verán como el vehículo de Dios para guiar a la gente.

Hablaré de compasión, amor, generosidad. Hablaré de los 10 mandamientos, pero mi voz resonará más fuerte con el quinto: No matarás.

Porque tendrá sentido para quienes no me conozcan, pero más para quienes sepan mi pasado.
Los que hayan escuchado sobre los muertos que cargo asentirán en silencio, me mirarán orgullosos y sabrán que la parte más interesante de mi historia es esta que estoy contando.

Sabrán que no mentí cuando dije que aquella noche yo no quería matar a ese hombre, porque aún entre tanta maldad habitaba en mi alguien bueno.

Que cuando digo “no matarás” es palabra de niño sicario.

Entonces, concluiré la misa y todos podrán irse en paz con mi bendición.