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¿Qué se siente ser calvo?

Dos jóvenes narradores miran sus cabezas para decirnos qué les pasa cuando no tienen más pelos que contar, en un ejercicio digno de un diván. Empezamos con Rodrigo Solís, un escritor aterrado porque ha perdido casi toda su cabellera tipo Bob Marley. Luego, Ruy Feben nos revelará que después de analizarlo mucho, está felizmente resignado a ser el pelón de la familia, el pelón de los amigos, el pelón que todos necesitan
Rodrigo Solís
| domingo, 11 de marzo de 2012 | 00:10

No tener pelo es sinónimo de derrota.

Juan es un hombretón de casi uno noventa de estatura, corpulento, de clase media alta, hábil con los puños, desenvuelto, sociable, en pocas palabras, una persona envidiada (y respetada) por sus congéneres, hasta que a media borrachera en la playa no pudo contener el llanto  y explotó.

—No saben lo humillante que es —dijo  llorando, desbordado.

Pasado el espanto y la sorpresa inicial de algunos de los presentes, la mayoría concluyó que el desmoronamiento de Juan es científico, psicológica y humanamente comprensible.

Para Francisco, experto en materia de futura calvicie, no existe mayor horror en la vida que empezar a quedarse calvo. Entiende que puedan sonar superficiales sus declaraciones existiendo el cáncer y el SIDA (e incontables enfermedades espantosas y mortales), pero está convencido de que es la absoluta e irrebatible verdad. No por nada cuando alguien recibe quimioterapia, dice, lo primero en lo que se fija la gente no es en los vómitos o el color verduzco de la piel o las ojeras o la pérdida de peso del moribundo.

—Pobrecito, se le cayó todo el pelo.

Los hombres (salvo los invidentes) saben perfectamente si serán calvos, afirma. Es imposible engañar al sujeto que se refleja todas las mañanas en el espejo.

—Muy cierto —apunta Jorge,  haciendo una pausa y cruzando los brazos.

Al igual que la homosexualidad la calvicie se puede "esconder" u "ocultar" por más evidente que esta sea, prosigue Francisco mirando la gorra sobre la cabeza de Jorge. Los gays que le temen al qué dirá la sociedad contraen matrimonio por la iglesia, los futuros o incipientes calvos (también temerosos de la sociedad) empiezan a utilizar sombreros y gorras (no importa que se encuentren bajo techo), se espolvorean polvos sobre la cabeza, se embadurnan ungüentos y pomadas, se injertan pelo o (si su economía es exigua) se dejan crecer lo más largo que la alopecia les permite: sus tres hebras de cabello para inútilmente intentar ocultar la tercera rodilla que les ha brotado en la cabeza.      

* * *

No tener pelo es sinónimo de derrota, afirma Francisco. No cabe duda de ello. El sentido común lo avala. Para no ir más lejos (o caer en la exageración) la calvicie es más terrible que la amputación de una extremidad. Es andar rengo por la vida. Solo existe una desgracia peor que la calvicie: un paralítico alopécico.

—No seas  cruel —lo increpa Isaac—. No se debe jugar o hacer bromas con las discapacidades de las personas.
—¿Eres calvo?
—No —Isaac se revuelve incómodo—, pero tú tampoco.
—¿Serás calvo en un futuro?
—Dios no te oiga —Isaac acaricia su feroz y espesa cabellera.

Francisco está convencido de que la calvicie es un tema de suma seriedad, una enfermedad que debería estar en la agenda de la Organización Mundial de la Salud, por encima de pandemias como la gripe aviar o el virus H1N1.

—Jefe, no podré ir a trabajar hoy.
—¿Causa o motivo, Gutiérrez?
—Diez pelos sobre mi almohada.
Eso sí que sería ficción, aclara Francisco. Por eso apela al sentido común, o mejor dicho, al sentido común de los lectores calvos, que está seguro son la apabullante mayoría.

* * *

Cuando una persona tiene la desgracia de perder un miembro, explica Francisco, por lo general ocurre de la noche a la mañana. Ya sea en un accidente automovilístico o porque se le ha detectado cáncer o diabetes y es necesaria la amputación o extirpación inmediata. Un día tienes pierna, al siguiente no. Así de cruenta es la vida y de siniestro el destino. Pero más ponzoñosa es con la gente que será calva. La calvicie es paulatina. Lenta y vergonzosa.

—El colmo sería que doliera —dice frotándose la cabeza—, pero ni falta que hace: el dolor del alma y de la autoestima no tienen parangón.

Y prosigue: los pelos encontrados en la almohada, en la tina del baño, en el peine o entre los dedos y palmas de las manos al tocarnos la cabeza para comprobar que aún tenemos algo arriba, son el recordatorio de que somos seres inferiores, débiles. Propensos al desmoronamiento, a venirnos abajo en cualquier momento. Estar condenados a que la gente (sean hombres o mujeres) nunca más nos vean a los ojos, sino por encima de la frente. Una frente poderosa, implacable, vasta, insaciable, que poco a poco (o mucho a mucho) conquistará más terreno hasta llegar a la nuca y convertirnos irremediablemente en Humpty Dumpty.

—Yo por eso me rapo —acota Alberto, mostrando con histriónico orgullo su reluciente cabeza de bola de boliche.  
—Triste consuelo de los hombres es anticiparse a lo inevitable —sentencia Francisco—. La máquina de afeitar es la eutanasia de los calvos. O sea, de los cobardes o de los valientes. De los estúpidos o de los sabios. Todo depende del cristal con que se mire.
—Pues está de moda raparse —lo desafía Luis (futuro calvo), a las mujeres les gustan los hombres rapados.
—Siempre y cuando tu cabeza tenga la estructura ósea de un modelo de Calvin Klein como David Beckham, obviando el detalle de que cuando se le pegue la gana (o cuando la moda se lo ordene)  dejará crecer unos sedosos cabellos dorados, mismos que harán babear  a mujeres y a hombres (en especial a los calvos).
—Pues yo me rapé una vez y descubrí que mi cabeza tiene la forma de una sartén —confiesa Mauricio.
—Ahí lo tienen, el ejemplo en carne y hueso de otro  ingenuo que creyó en las 70 vírgenes que lo esperaban en el cielo —sentencia Francisco—. Nunca seremos Bruce Willis, Vin Diesel o David Beckham (cuando se rapa).
 
* * *

Ignoro si llamarlo teoría o una verdad apabullante, dice Francisco. ¿Recuerdan la primera temporada de Doctor House? Estaba calvo (en especial de la coronilla). Cuando los ejecutivos de la cadena FOX se olieron que los ratings se dispararían hasta las nubes, el futuro doctor más famoso de la televisión hizo su triunfal aparición en la segunda temporada con la cabeza empolvada, como si su cráneo (en especial la coronilla) fuera una chuleta.

House M.D no sería la serie televisiva más sintonizada en el mundo si a Hugh Laurie no le hubieran hecho un injerto de pelo (o algún tratamiento para evitar que los televidentes nos reflejáramos en su cráneo).
—Un momento, Los Simpson es la serie animada número uno —abre debate Pedro—y todos la vemos por Homero, un hombre calvo.
—Dirás una caricatura calva, te aseguro que si todos fuéramos dibujos animados nadie se raparía o usaría gorra. Homero vive traumado por su pérdida de cabello, pero es seguro de sí mismo, se conforma con que le salgan tres pelos.

Y continúa Francisco: está probado que el mundo de la farándula se mueve a contracorriente del mundo real. Un futuro calvo de a pie con el transcurrir de los años nota en el espejo o en las fotografías la sensible reducción de masa capilar en su cabeza, todo lo contrario ocurre con las estrellas. A tal grado llega su descaro, que se regodean anunciando shampoos (nunca contra la calvicie) y productos de belleza. Hugh Laurie recientemente fue nombrado embajador de L’Oreal Paris Men.

—¿No también se estaba quedando calvo Leonardo de Lozanne? —pregunta Rogelio, dimensionando las cosas en el terreno local.
—Justo cuando se fue de solista —apunta Francisco—, te reto a que encuentres en YouTube aquel video donde salía con una camisa rosa, pasado de kilos y con la frente inmensa.
—¿Estás diciendo que por culpa de la calvicie Leonardo fracasó en su carrera de solista? —pregunta Luis.
—Lo único que sé es que ahora que reapareció con pelo, misteriosamente lo veo hasta por debajo de la mesa, incluso es vocero del shampoo Clear Men, y tiene la desfachatez de restregarnos que veamos en close up su "pelo de famoso". Injertarte pelo y anunciar shampoo es como competir en las Olimpiadas usando esteroides.  

* * *

—¿Han notado que Rafa Nadal se está quedando calvo? —Agustín cree soltar una primicia.
—¿Sería aventurado afirmar que la incipiente calvicie de Rafael Nadal está directamente relacionada con su caída del número uno del ranking de la ATP? —comenta Francisco.
—Djokovic tiene pelo.
—También Federer.
—Les digo, esa es la triste historia de los futuros calvos —dice Francisco—. Siempre asediados, cercados, escoltados por hombres de saludables cabelleras.

Francisco no duda en explayarse: Pete Sampras, ex eterno jugador número uno, probablemente el mejor tenista de la historia, fue tachado como un jugador gris, poco popular. ¿Cómo puede explicarse este fenómeno? A los fanáticos, es decir, a la apabullante mayoría de futuros calvos, nos angustiaba ver saltar a la cancha a un hombre con cabeza de algodón de azúcar, de borrego mal trasquilado. Preferíamos mirar hacia el otro lado de la cancha, apoyar a su acérrimo rival. Andre Agassi. Un pelón. ¿Es preferible contemplar a un hombre calvo que a uno que se está quedando calvo? Por supuesto. Además, en su juventud, Andre Agassi era un tenista de frondosa y explosiva cabellera de roquero. La calvicie de Agassi en realidad era un espejismo.    

* * *

—¿Por qué Dios nos habrá castigado siendo calvos? —se sorbe los mocos Juan, aún afectado de que su novia lo haya amenazado con dejarlo si no se espolvorea la cabeza con productos de belleza.

Francisco no duda en responder:

—Dios es cruel. Siempre lo ha sido. El que diga que Dios es perfecto definitivamente es un hombre con mucho pelo en la cabeza (como Dios, he ahí otra falla en la Biblia: "Dios nos hizo a su imagen y semejanza"). Bien visto el asunto, no tiene ningún sentido que al hombre le salga pelo en todo el cuerpo menos donde debe salirle.
—Yo  me dejo la barba —dice Jorge.
—Un truco efectivo… —lo felicita Francisco— dejarse crecer la barba como Leónidas. Un calvo con prominente barba da el efecto o ilusión de ser un hombre sano, con pelo en la cabeza. La gente lo mirará siempre de la nariz para abajo, nunca de las cejas para arriba.
—Yo soy lampiño —se resigna Daniel.
—Otro error de la naturaleza —dice Francisco—. Los lampiños no descienden del mono, sino de las lagartijas.      
—No seas cruel —le reprende Isaac.
—¿Eres lampiño?
—No.
—Pues yo sí.

Francisco no tiene el menor empacho en compartir una última teoría (o verdad):

—Para subir la autoestima o evitar suicidios multitudinarios nos han hecho creer que a través de la historia, grandes calvos han cambiado el curso de la humanidad. Salvo Gandhi, los que me vienen a la mente lo han hecho para mal. Mussolini, Salinas de Gortari, Lex Luthor, etcétera.
—Bueno, al menos los estudios publicados en los periódicos dicen que los calvos tienen más testosterona que los hombres con pelo —dice Luis.
—Otro triste consuelo —Francisco menea la cabeza—. ¿Se puede saber donde vamos a depositar tanta testosterona si las mujeres están con los hombres con pelo?

Juan se pone cabizbajo.

—Lo siento —Francisco palmotea la espalda de su amigo—, estamos condenados a ser bufones, ve a los payasos del circo, son calvos. Adal Ramones apenas se injertó pelo se retiró de la "comedia". Héctor Suárez Gomís es un pelón que lucra con su discapacidad. ¿Te acuerdas de Borislav Mikhailov? De no haber usado peluquín le metíamos a los búlgaros los cinco penales en el Mundial del 94. No queda más que tomarlo con filosofía. Seguir mirándonos las cabezas los unos a los otros. Es un ritual (ignoro si moderno). Un futuro calvo es un hombre en interminable agonía.

 

RODRIGO SOLÍS es colaborador de la revista argentina "Orsai", y escribe la columna la "Pildorita de la Felicidad", publicada en pasquines, diarios, revistas y blogs de Latinoamérica y España. Tiene dos novelas que pronto serán publicadas: "Mala racha" y "Fiera Rodríguez". Además de vivir apenado por su alopecia, está avergonzado de vivir con su mamá porque no tiene trabajo

 

Soy el pelón que satisface el humor y alegra la fiesta

En la familia somos cuatro hermanos hombres, pero el único calvo soy yo. Hoy lo digo sin temor, pero hasta hace muy poco (y sospecho que todavía, de modo velado) fui motivo de la sorna incrédula de mi madre, quien pasó muchas noches rezando para que mis pelos se levantaran como Lázaro.

Hoy lo digo sin asomo de curiosidad, a pesar de que parezco ser la variación incómoda de la familia. Lo cierto es que, en la rifa genética, no es tanta mi mala suerte como la buena de mis hermanos: si atendemos a la estadística, uno de cada tres hombres en México es calvo. Si atendemos a las necesidades sociales, cada grupo de amigos debe tener al menos un calvo para decirle a alguien "pelón", ensayar todos los géneros del albur, y conservar su salud humorística. Si atendemos a la experiencia, en cada cuadra debe habitar al menos un calvo que sirva de referencia para indicar una dirección cuando los Oxxos y las cabinas telefónicas desaparezcan de la vista: "¿Ve ese pelón? Ahí al ladito está la casa que usted busca". "Una familia sin calvos" es, probablemente, el próximo lugar común que Arjona usará para dibujar el sinsentido.

Así que entre cuatro hermanos era lógico que al menos uno fungiera de Juan Escutia del peine. Lo que nadie podía sospechar es que ese mártir sería yo: mi melena infantil era famosa en el parque del barrio, rojiza, luminosa, invencible. Si alguien hubiese asegurado en 1987 que ese niño de cabellera a la Príncipe Valiente sería calvo como palillo 25 años después, mi madre hubiese sido la primera en reír y en contar que, durante los primeros años de mi vida, ella se esmeró en raparme una vez cada tanto para fortalecer los folículos, en ponerme emplastos de quién sabe cuántas yerbas, en masajearme el cráneo. Hubiese asegurado que entre mis dos familias los calvos apenas podían contarse con las uñas de un tenedor, que la melena de mi padre era saludable como Érik Estrada, el Poncharelo de Patrulla Motorizada.

Mi madre, su fe, desconocía (oh) que ni sus cuidados ni mi herencia genética podrían hacer nada frente a las decisiones que yo habría de tomar durante mi adolescencia ni contra el poder rojizo, luminoso, invencible, de la ciencia de la calvicie; desconocía que, antes de llegar a los 23 años, yo ya sería un calvo contundente.

Lo primero que descubrí al raparme fue que un calvo prematuro es en realidad un calvo de rancio abolengo: un erudito de la alopecia. Supe que la calvicie prematura tiene por lo menos una ventaja: cuando uno llega a los 30 y los compañeros de la secundaria siguen ñangos contra las bromas por las bolas de boliche que empiezan a asomarles en la mollera, por los rebotes de luz, por los zapes con eco, etcétera, uno ya ha tenido tiempo para entender el sendero de la cabeza lisa. Tras quedarme calvo, aproveché muy bien el tiempo quemándome el cráneo (¡já!) y hoy puedo decir, sin equivocarme, que mi calvicie es sólo mía y que se la debo, en buena medida, a la horrenda moda de los años noventa. Durante esa década fui adolescente,  un blando que se dejó llevar por muchas tendencias, de las cuales me interesa enumerar tres: primero, lo fresa de principios de secundaria, el pelo engominado con Xiomara, los folículos pilosos tapados con litros de gel, acumulando grasa; segundo, el rock alternativo post grunge de mediados de los noventa, los pelos largos y pesados, los folículos debilitados como la autoestima de la Generación X; tercero, el revival incierto del año 2000, las botas industriales, los pantalones cargo, el pelo decolorado con  peróxido hasta quedar blanco como el desierto polo norte.

Muchos años después descubrí que las cataplasmas de gel como los usaba el rubio sonriente de Beverly Hills, Brandon Walsh,  y los pelos emulando al guitarrista Kurt Cobain, o las decoloraciones estilo Green Day, no fueron una postura, sino una descompostura de orden químico, un coctel molotov a los esmerados trabajos de mi madre durante mi primera infancia: mis folículos pilosos empezaron tapándose tan repetidamente que terminaron por inhibir el crecimiento del pelo para evitar la acumulación de grasa que pudiera infectar la piel. Luego, cuando dejé los cabellos delgados crecer, los folículos fueron incapaces de sostenerlos; los pocos que quedaron padecieron lo peor (y estoy seguro de que los futuros calvos que leen esto recordarán este dato cada vez que vayan a la playa): expuestos a los rayos del sol cayendo perpendiculares sobre mi cráneo, los folículos sanos que quedaban en mi cabeza mutaron. La mayoría de los calvos que llegan a la adultez con coronita de fraile quedan pelones sólo de arriba porque tienen un tipo particular de alopecia que se llama cicatrical, en la que el folículo no tiene posibilidades de regenerarse. ¿Y por qué? Bueno, porque los rayos UV que nuestro hermano sol produce con esmero, sobre todo en días felices, reprograman químicamente los folículos para hacerlos creer que su misión en la cabeza ya no es producir pelos, sino comedia involuntaria; en palabras de la ciencia, gracias al sol tengo mi información genética alterada.

Tal cual, según todo el vasto territorio de internet y algunos doctores, mis folículos pilosos tienen información genética alterada. Hasta donde puedo recordar, información genética alterada es algo que suele pasar en películas de robots y de monstruos. Es lo que le pasa al sentido arácnido de Peter Parker y al humor de Hulk. Llámenme ñoño, pero de todas las cosas horribles que pueden pasar en la vida, tener información genética alterada es quizá la menos peor.

Así que en la familia somos cuatro hermanos hombres pero el único calvo soy yo: el de los genes alterados, el que satisface el humor y alegra la fiesta, el que demuestra en un destello (literal) que la adolescencia noventera para mí significó hacerlo todo, o casi todo. Desde que comprendí eso, cada vez que veo a otro calvo en la calle sólo puedo pensar que ese hombre ha vivido al punto de alterar su información genética, que es un hombre superado, que es un sí mismo mejor que hace diez años. Y que, seguramente, han dado un importantísimo servicio a la comunidad cada que un distraído pide direcciones.

 

RUY FEBEN está escribiendo un libro de cuentos y piensa que su calvicie lo ayuda a tener look de literato (si no le creen vean las fotos que acompañan a este texto, él es el modelo). Ha publicado entrevistas, crónicas y reportajes en revistas como "Chilango", "GQ" y "Esquire"