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'El extraditado' de Juan Carlos Reyna [Fragmento]

El libro narra las pláticas de los autores con Benjamín Arellano Félix, fundador del Cártel de Tijuana, en la cárcel donde está extraditado; además describe las experiencias cercanas con el narcotráfico y la violencia
EL EXTRADITADO "En El Extraditado narro la historia del Cártel tal como Benjamín me la contó, pero también hago un ajuste de cuentas afectivo en torno a la muerte de nuestros seres queridos y el impacto que tuvo en la cotidianeidad personal y familiar..." (FOTO: Especiales )
Juan Carlos Reyna / Farrah Fresnedo Fotos Especiales/ Archivo EL UNIVERSAL
| viernes, 21 de noviembre de 2014 | 15:55

Luego de la muerte de su hermana, el Min comenzó a trabajar con su papá y su hermano. Pancho cruzaba aires acondicionados, televisores y hasta licor del otro lado a México sobornando a los agentes aduanales, luego el Min distribuía todo con diligencia entre la gente adinerada de Culiacán. A sus 16, no sólo entregaba electrodomésticos a los narcotraficantes Pedro Avilés y Jorge Favela, sino que también tomaba pedidos de cigarros, coñac y güisqui escocés a Miguel Ángel Félix Gallardo, Rafael Caro Quintero y Ernesto Fonseca Carrillo, a quien una vez le rechazó un cigarro de base confesándole: “La droga no me gusta, Don Neto, a mí lo que me gusta es trabajar”. El Min era un comerciante impávido, un reservado surtidor de fiestas estrambóticas que se introducía con cautela al interior de caserones gigantescos en los que siempre tropezaba con caminitos hechos de ametralladoras. El Charral una vez le dijo: “Ven y siéntate en lo que descargan las cajas, ¿quieres un trago, plebe?” Era broma, porque luego le advirtió: “Tú estás todavía plebillo para andar pisteando”. La clientela del Min abarcó también políticos, agentes de la Dirección Federal de Seguridad (DFS) y judiciales federales adscritos a la zona; es decir, todo aquel que podía darse esos lujos en Culiacán. Su esfuerzo en la modesta pero lucrativa operación familiar era obstinado; en su desconsuelo alucinante, estaba seguro de que de haber tenido más dinero su familia podría haber salvado la vida de su hermana. Pancho, que era máscampechano, invirtió en un sistema de sonido para rentarlo en fiestas: Sonido Escorpión, que aludía al signo zodiacal que compartía con el Min y Ramón, fue el primer sonidero moderno en Sinaloa. También abrió un salón de fiestas llamado El Chaplin, en Lomas del Bulevar, y se compró una Harley Davidson que montó hasta el hartazgo frente a Los Rebeldes, un negocio de raspados con rockola en la opulenta colonia Guadalupe. El bule estaba sobre la Obregón, a cuatro cuadras de la casa donde se mudó la familia cuando había prosperado. Ahí era el birote, que es como se le decía al cotorreo: las hermanas Arellano Félix se mezclaban con la pura crema sinaloense,a la que pertenecían los Caro, los Favela, los Carrillo. Pancho y el Min eran opuestos y, en realidad, nunca se llevaron. Los hoy ancianos que los vieron crecer en ese entonces aseveran que el primero era mujer iego y juerguista, mientras el segundo parecía obcecado con hacer riqueza: “Sabrá qué les habrá pasado porque con el tiempo se hicieron muy violentos”.

Lo que les pasó es que la vida se devaluó en Culiacán: en 1976 ya no valía nada. Ese año murieron asesinados 543 culichis relacionados con el tráfico de heroína, baleándose en las avenidas principales con descarada impunidad. El historiador Froylán Enciso, en un artículo publicado por Spleen! Journal el 3 de ene-ro de 2013, lo denomina el año de la “primera gran guerra del narcotráfico sinaloense”. La policía local solía atrincherarse en las ventanas de la comandancia en espera de que un escuadrón de pistoleros los visitara. Culiacán tenía 250 000 habitantes en ese entonces; la cifra de 217 homicidios por cada 100 000 habitantes sólo ha sido superada por Ciudad Juárez en 2010. Enciso advierte que “el infierno culichi de 1976 fue realmente un evento histórico”. El narcotráfico se había dividido en varios grupos en disputa, luego del arresto de Jorge Favela a principios de agosto en la colonia Polanco de la Ciudad de México. Luego que las policías europeas desarticularon las rutas de trasiego de opio turco en esos años, el precio de la heroína refinada en Sinaloa se triplicó. Muchos burreros, no conformes con ganar 50 000 pesos por viaje, se asociaron con gomeros de la sierra para cultivar amapola a gran escala. Los acuerdos entre las familias que históricamente se dedicaban al negocio se resquebrajaron y la guerra por el control del trasiego de droga a Estados Unidos se recrudeció. Algunos cargamentos comenzaron a pagarse con armamento: cientos de avionetas repletas de opio despegaban todos los días del accidentado Triángulo Dorado, el corazón de la Sierra Madre Occidental, y aterrizaban en pistas clandestinas en Baja California y Sonora, luego regresaban cargadas de ametralladoras. La última balacera de 1976 duró 45 minutos y dejó cuatro ejecutados en la colonia El Palmito, en las orillas de Culiacán. Agentes del Servicio Médico Forense (Semefo) recogieron lo que quedaba del cuerpo de una mujer con 150 impactos de bala distribuidos en la cabeza y el torso.

Ese año fue también el último que los Arellano Félix dedicaron a la venta de fayuca. La ferocidad de la violencia dio al traste con el negocio y la familia emigró a Guadalajara. Los dos hermanos mayores, que ya se habían amistado con la mafia sinaloense, se quedaron. Ese año el Min fue acusado de ser el propietario de un kilo de mariguana confiscado a un burrero duranguense. La Judicial agregó su nombre al listado de pesquisas, y como era por orden alfabético, la gente dio por hecho que Arellano Félix ocupaba el primer lugar entre los más buscados. Se escabulló unos días a Jalisco, a donde su padre le rogó que se mudara. Sin embargo, ya era demasiado tarde: el Min se había encarrilado con sus amigos nuevos y había decidido hacer negocios en Tijuana.

El 16 de enero de 1977 el gobierno federal implementó la Operación Cóndor en los estados de Chihuahua, Durango y Sinaloa. Su objetivo era destruir los 70 000 kilómetros cuadrados de siembra en el Triángulo Dorado y detener la ola regional de ejecuciones. El operativo fue apadrinado por el gobierno estadounidense y arrancó con un desfile militar en Culiacán. Como resultado, 2 000 comunidades rurales fueron saqueadas y 100 000 gomeros desplazados a Guamúchil, Guasave y a la capital del estado. Los narcotraficantes más jóvenes como Félix Gallardo, Caro Quintero, Fonseca Carrillo y Manuel Salcido Uzeta, alias el Cochiloco, se desplazaron a Guadalajara para sustituir el tráfico de mariguana y heroína por el de cocaína colombiana.

El 15 de septiembre de 1978 fue acribillado el narcotraficante Pedro Avilés Pérez por un comando de judiciales federales en el poblado de Tepuche, en los alrededores de Culiacán. El llamado León de la Sierra, tío de los Guzmán Loera y del narcotraficante de Tijuana Jesús Labra Avilés, fue emboscado por órdenes del comandante Jaime Alcalá García, brazo derecho de José Carlos Aguilar Garza, jefe de la Operación Cóndor en Culiacán. Avilés Pérez había sido mentor de Caro Quintero y Fonseca Carrillo, antes de que ambos se independizaran durante la guerra de 1976. La revista Proceso, en su edición del 9 de octubre de 1978, cita un reporte del Colegio de Abogados Eustaquio Buelna en el que se señala a los dos jefes judiciales como responsables de la tortura y muerte de un centenar de civiles durante el operativo antinarcóticos. Jesús Blancornelas, fundador del semanario Zeta, enumeró en su columna del 13 de noviem-bre de 2004 las ocasiones en que, un año antes de que iniciara la Operación Cóndor, Alcalá García y Aguilar Garza protegieron sistemáticamente a la nueva generación de narcos en menoscabo de los viejos capos. El 3 de febrero de 1976 desobedecieron la orden de arrestar al narcotraficante José Contreras Subías, lugarteniente de Caro Quintero y años después su operador en Baja California. El 4 de marzo se opusieron a detener al mismo Caro y a finales de ese mismo mes a Benjamín Arellano Félix, de 23 años (el periodista cita la averiguación previa 526/976, proceso 49/976). El año de la muerte de Avilés Pérez, ambos comandantes fueron asignados como agentes del Ministerio Público Federal en Tijuana. En 1979 Alcalá García fue ejecutado por el Cochiloco en el estacionamiento de una fábrica de material de construcción que poseía. Aguilar Garza se mudó a Nuevo Laredo en 1981, cuando fue nombrado coordinador de la DFS en Tamaulipas. El 7 de febrero de 1985 sufrió un accidente que paralizó la mitad de sus extremidades al desplomarse en Monterrey el avión en el que transportaba un cargamento de cocaína. Murió asesinado el 31 de enero de 1993, cuando seis pistoleros lo ametrallaron en la recámara de su casa en Nuevo Laredo mientras se alistaba para dormir.

Cuando llegó a Tijuana a finales de 1976, Arellano Félix visitó una de las propiedades que Sandra Aguayo García remataba en el fraccionamiento Contreras de La Mesa. Lo acompañó Jesús Cuevas, con quien el Min había pactado hacer negocios. La mujer de 21 años les enseñó unas casuchas que en ese tiempo su marido estaba a punto de perder y después les ofreció un departamento cerca de su casa en Jardines de La Mesa. El Min se amistó con la mujer y su hermano Cornelio, alias el Nelo, quien tenía una frutería frente al bulevar Díaz Ordaz. Sandra se separó de su marido, y comenzó a pasar tiempo con el recién llegado; le pareció que el Min era un hombre sereno, inteligente y trabajador. Arellano Félix y los Aguayo se hicieron vecinos, luego so-cios: el Nelo le consiguió pistolas en Estados Unidos, luego se le unió en el trasiego de cocaína a California. Sandra lo acompañó a cruzar a pie por la garita de San Ysidro porque el Min, quien en el trabajo era metódico y osado, decía que cruzar en carro llamaba mucho la atención. Los Aguayo eran residentes estadounidenses, pero Arellano Félix cruzaba con un pasaporte a nombre de un desconocido (¿Alberto Rosales? ¿Antonio Rojas?). El Min comenzó a llevarle droga a un narcotraficante sinaloense de apellido libanés que operaba en Los Ángeles. El capo le hizo un préstamo sin garantía a cambio de que le consiguiera dos kilos de cocaína. El Min le trajo seis. Arellano Félix, en las entrevistas que concedió para este libro, no reveló el nombre de este primer socio. La declaración de una informante anónima, sin embargo, apunta a que se trata de un narcotraficante retirado que nunca pisó la cárcel, con hijos que pertenecen al círculo político de Tijuana. El Min lo rebasó a los pocos años, pero resolvió proteger a ese socio a lo largo de su carrera delictiva.

A mediados de 1979 Cuevas todavía era parte de la operación, aunque seguía sin darle buena espina a Sandra. El Min había salido de Tijuana para llevarse a Esperanza Martínez, una reina de belleza del Club de Leones de Culiacán, con quien después se casaría y tendría dos hijos. En Guadalajara su madre le encargó a su hermano Ramón, que a sus 15 había probado ser ingobernable. Sin el Min, Cuevas empezó a cortejar a Sandra regalándole flores, pero luego se embriagaba y la acosaba zarandeándole de frente un Cuerno de Chivo, y le decía que la iba a matar si no le correspondía. El hombre comenzó a apostarse todas las noches frente a su casa de Jardines para corroborar que nadie más la visitara, amenazándola mientras le apuntaba desde lejos con su pistola. Ella le tenía miedo y se negó siempre a recibirlo en su vivienda. Un día el hombre se coló a empujones, la abofeteó en la sala y la arrastró a su recámara, en donde la violó.

Cuevas la forzó colérico, tenía la quijada trabada, los ojos des-orbitados y apestaba a alcohol. Después de eyacular dentro de ella, le golpeó tantas veces la cara que la mujer tuvo que llamar a una ambulancia; cuando llegó al hospital, Sandra tenía el rostro desfigurado. El Nelo nunca supo que así fue como su hermana se embarazó. Cuando el Min volvió su amiga ya estaba embarazada; sin hacer preguntas le mostró el kilo de heroína que le había traído y le dijo: “Mija, te voy a enseñar cómo se hace un corte de chiva por si algún día se te ofrece”. El Min no pensaba entrarle al negocio de heroína, pero quería que Sandra supiera venderla y que, gracias a esa instrucción breve y rigurosa, hiciera dinero para poder costear el embarazo. “Échale ganas —le advirtió antes de entregarle el kilo—. Orita vamos empezando, pero algún día vamos a ser los dueños del país.” Sandra lo escuchó, comenzó a llorar y le contó lo sucedido con su socio. El Min endureció la cara, dejó caer las comisuras de los labios y frunció el ceño. Le preguntó si quería que matara a Cuevas. Sandra le dijo que no, “va a ser el padre de mi hijo”; lo que sí deseaba era que el hombre se fuera de Tijuana y jamás despegara en el negocio. Ese mismo día Arellano Félix lo desterró. Sandra y su hermano terminaron mudándose a un departamento en Chula Vista, que está a 10 minutos al norte de la frontera. Cuando nació el bebé, el Min lo apadrinó.

El 7 de agosto de 1980 Francisco Arellano Félix fue arrestado en San Diego, California, cuando intentó venderle 205 gramos de cocaína a un agente encubierto de la DEA. Pancho, que tenía tiempo de haberse distanciado de su hermano, fue aprehendido mientras contaba el dinero de la transacción. El 8 de septiembre pagó 150 000 dólares de fianza y fue citado a comparecer un mes después ante la corte para enfrentar los cargos. El 7 de octubre se presentó a una audiencia previa al juicio que comenzaría el 8, pero al siguiente día ya no apareció. El mayor de los Arellano Félix se mudó a Mazatlán, donde abrió una cadena de tiendas de ropa que siguió trayendo de California. El 18 de junio de 1982 el Min también fue arrestado, pero por la policía de Montebello, al sureste de Los Ángeles. Le descubrieron 100 kilos de cocaína junto a Esperanza y Eduardo Arellano Félix, que estaba de visita. Él, su mujer y hermano salieron libres bajo fianza y, en lugar de presentarse a juicio un mes después, se fueron hasta Guadalajara. El Min procuró la anuencia de Félix Gallardo para establecer en Tijuana su propia empresa, que era una ruta mejor organizada de trasiego bajo su control. Arellano Félix quería concentrarse en traficar mariguana. De regreso le llamó a Sandra y le dijo: “Traigo tres remolques grandes repletos de camarón, necesito que le avises al Nelo”. Cuando Sandra le contó, aclaró que no quería trabajar con mercancía que le apestara toda su ropa; su hermano la miró con una mueca de sarcasmo, luego se carcajeó. El Min había vuelto a la frontera divorciado de Esperanza y acompañado de su hermano Ramón, que ya era mayor de edad, y de Javier Caro Payán, primo de Caro Quintero. El Nelo los apalabró con el inspector del Servicio de Inmigración estadounidense José Barrón y con el titular del Ministerio Público mexicano Miguel Ángel Rodríguez Moreno, protegido de Edgardo Leyva Mortera. Periodistas locales aseveraban que el hermano de Xicoténcatl Leyva Mortera, presidente municipal de Tijuana y gobernador de Baja California a partir de 1983 por el Partido Revolucionario Institucional (PRI), era el poder tras el despacho de la Procuraduría General de Justicia del estado. Una crónica de Zeta publicada el 20 de septiembre de 1985 reveló la existencia de una bodega sobre la calle Aquiles Serdán, en la colonia Libertad, donde se almacenaban cargamentos de mariguana protegidos por Rodríguez Moreno. Ese día la procuraduría ordenó a sus agentes comprar la edición completa del semanario.

Durante 1984 Sandra trabajó en una casa de cambio por las mañanas, mientras que por las tardes distribuía parte de la mercancía que cruzaban los socios de su hermano. En las noches solía encontrarse con el hijo de una de sus vecinas agazapado en un carro abandonado en el estacionamiento. Everardo Arturo Páez Martínez, alias el Kitty, había escapado de su casa y vivía tirando curas, que es como Sandra le llamaba a la venta de dosis individuales de metanfetamina. En una ocasión, dos policías fueron a buscarlo al edificio; la mujer lo salvó de que lo subieran a la patrulla, presentándose como su hermana y asegurando que lo pondría a trabajar. Esa misma noche Sandra le propuso al Kitty, quien tenía 17 años de edad, que le cuidara a su hijo de cinco a cambio de dinero, y él aceptó, incluso se mudó con ella al mes de trabajarle. Páez Martínez sólo tenía una muda de ropa en ese entonces, así que todas las mañanas se le escondía al niño para desnudarse y echar su cambio en la lavadora. Dos meses después, el Min se apersonó en el departamento junto al Nelo: “Tráete tus papeles y a mi ahijado, te vamos a mudar a una casa más grande”. El hermano preguntó: “¿Quién es el morro?”, señalando a Páez Martínez con el dedo. Sandra dijo: “La niñera”. El Kitty le rogó a Sandra que no lo abandonara, pero ésta le pidió que se tranquilizara y le encargó el departamento en Chula Vista. Ahí lo visitaría semanalmente para llevarle dinero, una ayuda, en lo que volvía por él. La casa nueva estaba ubicada en La Jolla, un barrio opulento frente a la playa en el norte de San Diego; era inmensa, estaba acondicionada con muebles de diseñador y tenía aparcado un Cadillac recién salido de agencia en la cochera. No había teléfonos. El Min quería que Sandra llevara registro de los cruces fronterizos y en orden las cifras, que es como se refería a los dividendos de la empresa. A los cuatro meses el Nelo le pidió hacerse de un chofer y Sandra le habló del Kitty, la niñera, que no era vicioso y tenía buena facha: “Hasta se ve medio fresón”. El primer pago que recibió fue de 60 000 dólares, y cuando Sandra se lo entregó, Páez Martínez le dio un abrazo jurándole lealtad absoluta. El Kitty volvió ese día a la casa de su madre, a quien no veía desde hacía un año, con un televisor nuevo envuelto en papel de regalo. Dos semanas después al hermano de Sandra le abandonaron una camioneta cargada en una gasolinera cerca de la autopista, justo antes del retén de San Clemente. El Kitty se ofreció a recuperar la mercancía y cuando lo hizo se convirtió en el brazo derecho del Nelo. El 20 de febrero de 2004 Páez Martínez declaró ante la corte de San Diego que Cornelio Aguayo, asesinado en 1988 por Ramón Arellano Félix, fue quien le enseñó todo lo relacionado con el narcotráfico. Jamás mencionó a Sandra, quien aún vive y se encuentra en libertad.

Arellano Félix tomaba la decisión final en el trasiego de cargamentos y su estrategia de distribución. Los ajustes de cuentas eran autorizados por él y llevados a cabo por su hermano Ramón, quien coordinaba el cobro de ganancias y ejecutaba a los enemigos del cártel. El Min había logrado incorporar a Manuel Aguirre Galindo y Jesús Labra Avilés, quienes habían trabajado la plaza hasta antes de su llegada y ahora eran socios capitalistas. Además de los Aguayo y su gente en el lado estadounidense, el Min se asoció con la red que los jefes de Culiacán y Guadalajara habían urdido al sur de la frontera; este grupo, encabezado por Caro Payán, coordinaba el cruce de cargamentos de cocaína para Félix Gallardo y el resto de los capos. En las entrevistas que Arellano Félix concedió para este libro esclareció que su objetivo era concentrarse en el trasiego de mariguana; desde una perspectiva puramente empresarial, estaba convencido de que en un futuro la mariguana podría ser despenalizada en California y era preciso acaparar su distribución. La asociación con Aguirre Galindo, a quien apodaban el Caballo, y Labra Avilés obedecía a una conveniencia de ambas partes: ambos narcotraficantes habían operado desde mucho antes de la llegada del Min y tenían todos los contactos políticos y militares, pero no la confianza de los proveedores de mercancía, que eran los jefes de Culiacán y Guadalajara. El 4 de abril de 1985 Caro Quintero fue arrestado en Costa Rica por el asesinato del agente de la DEA Enrique Camarena, al igual que Fonseca Carrillo dos días después en Puerto Vallarta. El 7 de junio de 1987 Caro Payán fue aprehendido en Montreal, Canadá. Ello favoreció que Arellano Félix se consolidara como el jefe máximo de la organización.

En el verano de 1985 la empresa despegó en ambos lados de la frontera. Se generó mucho dinero, pero el Min le ordenó a su gente que no comprara carros ostentosos. A escondidas, Sandra se compró un Mercedes Benz 380 SL convertible y el Kitty un Porsche 944 Turbo. Ambos estaban escondidos en un departamento que el Kitty había comprado en San Diego para que el jefe no se enojara. Sandra sólo lo usaba para ir al Da Vinci’s, un club que estaba en la encrucijada de las calles E y Broadway en Chula Vista. Le gustaba ir a beber a ese lugar porque había un cantante de trova y casi siempre estaba vacío. Ahí conoció a un hombre que también bebía a solas mientras escuchaba el repertorio de canciones melancólicas del guitarrista: Rodolfo Ponce Noriega, quien le chuleaba el carro y le preguntaba con insistencia a qué se dedicaba. “Ya te dije: estoy casada con un anciano millonario”, le contestaba. Ponce Noriega, a quien apodaban el Flop, se hizo amigo de Sandra y muchas noches compitieron a ver quién ponía más dinero en la copa del trovador. Una noche, ebrio, el Flop le confesó que compraba mariguana a Sammy, un jardinero conocido en Chula Vista; “la onda es que yo quiero conocer al bueno —le dijo a Sandra—, quiero hacer negocio con el Nelo”. Ella se hizo la desentendida y le aseguró que no sabía de qué le hablaba. No mucho después el Ponce Noriega la invi-tó a una fiesta de cumpleaños en su casa de Bonita, California, en la que Sandra saludó de abrazo a Sammy. La semana siguiente que la vio en el Da Vinci’s, le dijo que sospechaba que también estaba metida en el negocio, de otra manera ¿cómo conocía a su jardinero? Sandra le aseguró que también podaba las plantas de su casa. El Flop, que en el fondo sabía quién era, fue al grano y le propuso comprarle 500 libras de mariguana. Sandra resolvió venderle cada libra a 75 dólares menos que Sammy, y su nuevo socio, a la semana siguiente, le dio la dirección a donde tenía que llevar el cargamento. Nelo le ordenó al Kitty que acompañara a su hermana, cosa que hizo rezongando porque le parecía abusivo que Ponce Noriega no entregara su propio cargamento. El Kitty, que era cabrón, le dijo: “Sandra, como va” (había que chapulinearle). Al llegar con sus clientes, una pareja oriunda de Sonora, Sandra hizo el acuerdo de surtirles sin el intermediario; esa misma noche le dio su parte al Flop, y cuando éste les dijo: “Hasta la próxima”, el Kitty, que también era cabrón, le dijo: “Ya no va a haber una próxima, compa; no era mi obligación llevarla, ni la de Sandra, así que a chingar a su madre, culero”. El Flop se desmoralizó, pero los clientes empezaron a pedirles 1 000 libras diarias. El Min ordenó que a Sandra se le surtiera primero porque era la que primero pagaba. Sandra y el narcotraficante Ángel Gutiérrez, quien operaba tras la simulación de ser promotor boxístico, logró un acuerdo con el inspector Barrón, quien estaba asignado a la garita de San Ysidro, para que les permitiera pasar durante una hora al día, a partir de las ocho de la noche y durante seis meses, camiones enteros de mariguana en greña. Ambos reportaban sus operaciones ante el Min, a quien todos llamaban Señor.

El 22 de enero de 1987 Pancho inauguró su primera y única discoteca en Mazatlán, Frankie Oh!, en donde presentó tres combates del campeón mundial de peso ligero Julio César Chávez. Para ese entonces, de acuerdo a dichos de prensa, el pugilista ya era íntimo amigo del propietario del club y su carrera era manejada por Ángel Gutiérrez, socio de los Aguayo. Pancho, quien había incursionado esporádica e independientemente en el tra-siego de cocaína, no trabajaba con el Min. El único de los Arellano Félix que figuraba en el consejo directivo del cártel era Ramón, que no sabía nada del negocio y más bien era la fuerza bruta detrás del líder. El Mon celaba a su hermano ante sus amigos y mujeres. Sandra, al igual que el resto de las mujeres in-volucradas en la empresa, consideraba que el Min, su hermano Nelo e incluso Ángel Gutiérrez eran apuestos y carismáticos; Ramón, por el contrario, le parecía violento y arrogante. Una noche en Plaza Fiesta, un complejo de bares donde la élite fronteriza se reunía después de las corridas de toros en el verano, intentó sacar a bailar a una mujer que bebía sola en una mesa; cuando llegó su novio, el Mon enfureció y le disparó en la cabeza con su escuadra chapeada en oro. Ramón reclutó a hombres atractivos, jóvenes y adinerados para que le sirvieran y lo acompañaran a donde fuera; los denominados narcojuniors integra-ron un ejército de sicarios con los que emprendió una campaña de exterminio contra los rivales de su hermano, pero también contra algunos de sus socios.

A finales de 1988 el Mon ordenó la ejecución del Nelo en Chula Vista. Días después del asesinato, la DEA allanó la propiedad en la que su hermana se había escondido por temor a que los Arellano Félix la mataran. Sandra huyó saltándose la barda de su casa, que daba a un cañón mediano a orillas de la auto pista. La última vez que vio al Min fue en la primavera de 1992 en el mismo barrio de Tijuana en donde lo había conocido. Ella cruzaba la calle y él manejaba un Grand Marquis de modelo reciente. Detuvieron su mirada en la del otro una frac-ción de segundo, pero no se saludaron.

Juan Carlos Reyna es músico y escritor. Autor de Confesión de un sicario y de la columna "El alfabeto ilustrado del narco mexicano" publicada en vice.com. También ha trabajado en la producción de los documentales Se presume inocente y Confesiones de un sicario, nominado a los premios Emmy. Como músico es colaborador de Bostich y Fussible, fundadores del Colectivo Nortec. Sus trabajo han sido publicados en medios como Reforma, Gatopardo, Esquire, La Tempestad y Letras Libres.

Farrah Fresnedo es criminóloga. Ha sido asesora para abogados federales especializados en delitos de narcotráfico en la frontera México-Estados Unidos. Además, ha sido mentora en la Unidad de Pandillas del Departamento de Educación del condado de San Diego, donde ha tenido a su cargo a adolescentes en la fase de iniciación en el crimen organizado. Es miembro de Dasein, una asociación civil que ofrece asistencia psicológica y legal para niños de escasos recursos ligada con el Sistema Nacional para el Desarrollo Integral de la Familia (DIF) en Tijuana.