» COSAS QUE VIO UN GATO FUGAZ «

Viajar hacia la luna que llevamos dentro

Todos somos viajeros del deseo. Estamos en esa aura espiritual de quienes admiramos, queremos y dan sentido a nuestros pasos
COLUMNA Alberto Ruy Sánchez nos deleita con un artículo sobre el viaje hacia la luna que llevamos dentro (FOTO: Archivo El Universal )
Alberto Ruy-Sánchez
| domingo, 22 de enero de 2012 | 19:00

A donde viajo busco la luna, como si fuera otra en diversas partes del mundo. Hoy aquí escribo bajo la luna llena este texto alucinado que se publicará cuando estemos en esa fase obscura que se llama luna nueva. La luna oculta en la noche, lista para crecer. Como la presencia de ciertas personas que se nos vuelven indispensables. Y que incluso si no están tendemos magnéticamente hacia ellas. Aullamos  hacia la luna cuando la persona amada se aleja, se vuelve sin saberlo nuestra luna obscura.

Ayer cuando traté de consultar el calendario de las fases de la luna en mi teléfono, éste comenzó a aullar. Antes de averiguar cómo se desactiva el lamento, con desesperación lo apagué. No necesito que me lo avisen, pensé. Como cualquiera, yo vivo la presencia o ausencia de las personas que me importan, que están en las diversas órbitas  de mi vida. Pero la luna llena nos lo recuerda: todos somos planetas y satélites unos de los otros en la coreografía magnética del universo. Pero no vivimos tan sólo con las personas físicas que nos rodean, “también se vive en compañía de aquellos que de diferentes maneras encienden nuestros afectos y cuya mirada y sensibilidad admiramos. Evolucionamos con ellos y gracias a ellos”.

Extraña conclusión a lo que esto me obliga: todos viajamos de alguna manera hacia nuestras lunas en órbitas que no siempre vemos o controlamos. Todos somos viajeros del deseo. Estamos en esa aura espiritual de quienes admiramos, queremos y dan sentido a nuestros pasos, nos orientan. Oumama Aouad, en Marruecos, me explicó el significado profundo y poderoso de la luna creciente en su cultura. Me mostró que en árabe hay incluso una palabra especial para nombrarla. Así como hay 99 palabras distintas para designar cada una de las diferencias sutiles del amor, hay muchas palabras distintas para nombrar a la luna en sus fases y posiciones en el cielo. La luna llena se llama Al-badr. La luna creciente, en su primer día se llama Al-hilal. Cada día la luna tiene un nombre distinto. Y su crecimiento es símbolo de una evolución hacia algo mejor. De ahí que se considere afortunado estar bajo su luz. Normalmente, en lo más alto de las torres o minaretes de las mezquitas desde donde el almuecín llama a la oración, uno de los cuernos de la luna creciente de metal que ahí se ostenta señala en la dirección de la meca. Y con frecuencia, bajo la luna hay por lo menos tres esferas metálicas. Cada una simboliza un mundo: el material, el espiritual y el de los ángeles. Juntas simbolizan un viaje espiritual y físico. Esto se llama en árabe Yamur.
El tiempo musulman se mide con un calendario lunar. Y el Corán habla del sol como "la otra luna". Cuando se quiere hablar de lo milagroso del profeta, se cita la escena de una luna partida a la mitad por Mahoma y dando vueltas alrededor de la gran Piedra Negra: la Kaaba de la Meca, tal y como lo hacen los fieles. (Surata LIV del Corán). Se cree que en tiempos preislámicos la Kaaba era lugar de adoración de los astros, y sobre todo de la luna. Pero ante el Profeta la luna se subordina y de pronto hace los giros de adoración a Alá que hacen todos sus fieles.

Aunque la luna creciente se ha convertido en símbolo del Islam y está en el escudo de muchos países árabes, su establecimiento como símbolo es mucho más reciente, es otomano, es decir turco, y muy probablemente tomado de Bizancio. Como lo atestiguan los mosaicos figurativos sobre la gran mezquita de Damasco, que antes fuera un templo cristiano bizantino. La luna se vincula al destino desde tiempos muy antiguos y en muchas culturas. Se pueden ver muchas de las referencias poéticas a la luna en la cultura japonesa en el blog de Aurelio Asiain, Margen del Yodo.
Escribí sobre la luna y el destino en Con la literatura en el cuerpo recordando cómo para Marguerite Yourcenar las hilanderas de la luna eran sacerdotisas que tenían en sus manos los hilos de varias vidas, tomados de los hilos de plata que sólo ellas sabían desenredar de la luna. En algunas culturas, afirma Mircea Eliade, los hombres temían el momento nocturno en el que las mujeres se ponían a tejer. Las fuerzas más tremendas de la vida se desataban tomando cauces imprevistos. Porque “La luna hila el tiempo y teje las existencias”.

 No está de más invocar ese elogio del viaje interno y externo que hizo un poeta árabe del siglo XII: “Si pretendes llegar a valer algo, viaja: recuerda que sólo recorriendo el cielo la luna creciente se convierte en luna llena”.