Cuando una película pretende reconstruir con veracidad un episodio traumático de la historia reciente, y más aún cuando quiere desmentir la versión oficial de los hechos, debe tomar partido entre la invención libre, que permite todas las conjeturas, incluso las más disparatadas, y el apego a la verdad histórica, que impone límites a la imaginación. En una entrevista de radio, el cineasta Carlos Bolado declaró hace algunas semanas que para escribir el libreto de Colosio, el asesinato, él y sus coguionistas (Hugo Rodríguez y Miguel Necoechea) tuvieron como modelo La sombra del caudillo de Martín Luis Guzmán, donde también hay una mezcla de historia y ficción.
Como recordará el lector, la gran novela de Guzmán recrea las circunstancias que rodearon el asesinato del general sinaloense Francisco Serrano, el opositor al intento reeleccionista de Alvaro Obregón en 1927. Pero en La sombra del caudillo, Serrano se llama Ignacio Aguirre y la coyuntura política que lo arrastra a la sedición no es exactamente la misma que le costó la vida al personaje histórico: tiene más similitudes con la guerra sucia por el poder en la que se vio involucrado años antes el general levantisco Adolfo de la Huerta, quien disputó la silla presidencial a Plutarco Elías Calles. Por haber inventado una realidad paralela, donde la imaginación tiene vía libre para retratar con fidelidad a la clase política, Guzmán logró un alto grado de verosimilitud en una novela testimonial que no contiene, sin embargo, la verdad histórica sobre la muerte de Serrano.
En Colosio, el asesinato, Bolado y su equipo de guionistas procedieron a la inversa: la película se concede todas las libertades de la ficción y al mismo tiempo pretende esclarecer un crimen de la vida real que sigue siendo un enigma. De entrada, el título amarillista los metió en camisa de once varas. Si están reconstruyendo con apego a los hechos la trágica muerte de Luis Donaldo Colosio, ¿cómo pueden compaginar esa tentativa con las patrañas de un guión inverosímil, lleno de conductas inmotivadas y situaciones absurdas? En la película desempeña un papel protagónico José Córdoba Montoya, el brazo derecho de Salinas de Gortari, a quien todos los comentaristas políticos de la época atribuían una inteligencia maquiavélica. Según la película, Córdoba mandó matar a Colosio por instrucciones del presidente. Pero si era un político tan astuto, ¿para qué le encargó una investigación secreta del asesinato a su enemigo José Francisco Ruiz Massieu? ¿Quería darle armas para que lo incriminara? La espléndida caracterización de Daniel Giménez Cacho acentúa por contraste la ramplonería de la trama. Los guionistas quisieron mezclar en una sola intriga dos crímenes que tuvieron causas distintas y se les hizo fácil traicionar la psicología del villano, forzándolo a darse un balazo en el pie. Los hermanos Ruiz Massieu ya están muertos y no pueden desmentir sus caricaturescos retratos. Pero Córdoba Montoya vive y tendría derecho a quejarse, no tanto por el crimen sino por la estupidez que le imputan.
La novela sin ficción o el cine verista deben tener el mismo rigor de un buen reportaje, y por lo tanto, no pueden inventar nada que falsee la actuación política de los personajes históricos. En el sexenio de Salinas de Gortari fueron asesinados 600 militantes de izquierda que lo tachaban de usurpador, y por consecuencia, tanto él como sus colaboradores cercanos tienen una larga cola que podrían pisarles los novelistas o los cineastas del futuro. No parece verosímil, en cambio, que Salinas haya ordenado un magnicidio que tanto lo perjudicó.
Tampoco él se metía autogoles. Pero si Bolado sostiene esa tesis, debió haber filmado un documental con pruebas al calce o una historia de ficción en la que Salinas, Córdoba, Ruiz Massieu y Colosio se llamaran de otro modo, para poder fantasear a gusto. La brocha gorda de los guionistas no sólo se advierte en la ausencia de móviles del villano: es aún más notoria en la bravuconería gratuita de todos los políticos involucrados en la conjura. Según Bolado y su equipo de escritores, los políticos mexicanos sostienen diálogos ríspidos a la menor oportunidad, se recriminan con una franqueza brutal y en todo momento están dispuestos a romperse la madre. La experiencia indica lo contrario: son hipócritas de modales tersos que tratan a sus colegas con la más fraternal camaradería, y en cuanto se dan la media vuelta, intrigan a sus espaldas para clavarles un puñal. ¿Cuándo veremos una película que les haga justicia?