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Un arma no tan secreta

El sujetador representó en el momento de su producción en serie una liberación para las mujeres. Pero para los años 60 representó un instrumento de dominación
Ana Clavel. La autora es narradora. “Las ninfas a veces sonríen”, publicado por Alfaguara, es su libro más reciente (FOTO: )

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Ana Clavel
| domingo, 17 de febrero de 2013 | 00:10

Si para los hombres el asunto de las prendas íntimas femeninas tiene que ver con echar a andar la imaginación y la fantasía eróticas, así como la puesta en práctica para quitar tales prendas con probada maestría, para las portadoras suele revestir peculiaridades propias. Una amiga, por ejemplo, me contó que el primer día que usó un sostén no se lo quitó ni para dormir, tal era el encanto de sentirse mujer por el simple hecho de poder usarlo. Otra más me dijo que le parecía tan hermoso con sus encajes y sus flores de aplicación en seda, que se levantaba la blusa frente a propios y extraños para presumirlo. Por el contrario, le he escuchado confesar a otras mujeres con convicciones feministas que se rehusaron a ponérselo hasta que fue verdaderamente inevitable  —los senos generosos suelen ser particularmente sensibles a la ley de gravitación universal.

Pariente cercano del corsé que vio su apogeo en los siglos XVIII y XIX, el sostén (brassiere, sujetador, o simplemente bra), remonta sus orígenes a Grecia y Egipto donde se empleaban prendas sui generis de lino. En la arqueología de la prenda que sostiene dos mundos correspondió a Hermine Cadolle diseñar en 1889 un modelo con dos pañuelos que se unían al centro y se sujetaban por los hombros, y a Ida Rosenthal confeccionar en los años 20 los primeros sostenes por tallas según el tipo de sus copas: A, B, C y D.

Independientemente del tamaño, Buñuel, Hemingway, Gurrola sabían muy bien que los mejores martinis se toman en las copas de un brassiere recién desprendido. Tampoco falta quien goza con sólo contemplarlos, como el voyeur del cuento "Delta de Venus", extasiado ante uno que dejaba ver los pezones rosados de la protagonista a través de unos pequeños triángulos, y a quien le confiesa: "No se preocupe, no voy a tocarla. Me gusta sólo ver la ropa interior".

Si bien la afamada marca Wonderbra data de 1939, no será hasta los 90 que se convierta en un hito comercial en el mundo. La clave radicó en la belleza de las prendas y las sexys modelos que las portaban, pero también en slogans que subrayaban el poder de los atributos corporales femeninos por encima de cualquier otro tipo de razones: "Wonderbra: tu arma no tan secreta" en el anuncio espectacular de una voluptuosa Eva Herzigová, que causó más accidentes de auto que semáforo descompuesto.

Por contradictorio que parezca el sujetador representó en el momento de su producción en serie una liberación para las mujeres. Hermine Cadolle lo calificó de "le bien-étre", un "bienestar" frente a la incomodidad del corsé y del miriñaque. Pero para los convulsivos años 60 representó un instrumento de dominación ideológica que desató la famosa quema de brassieres por grupos feministas en varios puntos del planeta.

A pesar de que muchas mujeres hoy en día disfrutan la libertad de andar a su aire  —despertando la libido ante el más mínimo movimiento bamboleante—, el sostén ha continuado su apogeo como prenda fetiche y no son pocos los que compran lencería a esposas y amantes, incluso con incrustaciones de diamantes que elevan su costo a miles y millones de dólares como los modelos de colección de Victoria's Secret.

La verdad es que por más ánimos iconoclastas que se tengan, portar un hermoso modelo de lencería con encajes y bordados puede hacer decir a más de una mujer liberada que, al menos de vez en cuando, es bueno ser objeto de la fantasía erótica de un hombre o una mujer deseados. Aunque, por supuesto, para los buenos amantes no hay sostén ni prenda que valga ante el sol de una mirada ardiente. Lo dijo Octavio Paz en un poema de su libro "Hacia el comienzo": "tus pechos maduran bajo mis ojos".