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Sobre aviso no hay engaño

Sin más promesas y juramentos. El precandidato que juega con las cartas abiertas
COLUMNA Enrique Serna escibe sobre las lealtades y las cartas abiertas de precandidatos presidenciales (FOTO: Archivo EL UNIVERSAL )
Enrique Serna
| domingo, 4 de diciembre de 2011 | 00:52

Como parte de una estrategia para quedar bien con Dios y con el diablo, la mayoría de los precandidatos a la presidencia ocultan sus intenciones bajo una densa nube de retórica. El programa de gobierno que difunden sólo contiene vaguedades cuyo verdadero significado se aclara demasiado más tarde, cuando llegan al poder y la sociedad ya tiene la soga en el cuello.

La franqueza es una virtud insólita en una contienda electoral, porque deja al descubierto los flancos más débiles de un político. Por eso ha causado asombro la sinceridad  con que Enrique Peña Nieto ha salido en defensa de Humberto Moreira, el actual presidente del PRI, que en su último año como gobernador de Coahuila incrementó  la deuda de su estado de 200 a 36 mil millones de pesos, sin autorización del congreso local y falsificando documentos para obtener los préstamos. Cualquier político marrullero y pragmático de la vieja guardia le hubiera exigido renunciar a la presidencia del partido para evitar la salpicadura de lodo. 

Peña Nieto, en cambio, no ha querido hacer leña del árbol caído y se ha expuesto a perder puntos en las encuestas con tal de respaldar a su brazo derecho. El 15 de noviembre, ante académicos y estudiantes de la universidad de Georgetown, en Washington, el antiguo subordinado de Arturo Montiel declaró: “Moreira ha dejado muy en claro —y hasta ahora no ha habido dentro de la irregularidad que se tiene y que se ha señalado y que es además inobjetable e indefendible, que es la falsificación de documentos—, que  no ha habido un señalamiento que le involucre al menos a él directamente” (Reforma, 15 de noviembre de 2011).

Su alegato es un tanto confuso, tal vez porque respondió de botepronto a la pregunta de un estudiante universitario, sin el auxilio del teleprompter, un artefacto que al parecer le resulta indispensable para ordenar las ideas.

Traduciendo el galimatías al lenguaje de los mortales, Moreira no supo que el infame tesorero de su estado falsificó los documentos para pedir los préstamos, y por lo tanto está libre de culpa. Tampoco advirtió, suponemos, que miles de millones de pesos habían entrado por arte de magia a las arcas públicas de Coahuila. Él sólo firmaba cheques y cortaba listones de obras públicas, sin rebajarse a hacer cuentas engorrosas.

Hartos de oír promesas y juramentos de precandidatos que se presentan ante la sociedad como dechados de virtudes cívicas y prometen gobernarnos con una honradez intachable, los ciudadanos agradecemos que por fin un político juegue con las cartas abiertas, sin temor a desacreditarse por asumir posturas impopulares. El egoísmo y la falta de respeto a la  palabra empeñada son los vicios más comunes de la clase política. No suele haber sacrificios estoicos entre los hombres que luchan por el poder, pues la conveniencia guía todos sus actos, pero Peña Nieto ha demostrado tener una ética superior fundada en los valores de la amistad. Sabe, quizá, que su defensa de Moreira es increíble, pero no le ha importado quedar en evidencia  frente a la ciudadanía con tal de ayudar a un amigo en desgracia.

Hermoso ejemplo de lealtad en un mundillo infestado de chacales, donde las traiciones están a la orden del día. Con este gesto solidario, Peña Nieto ha dejado entrever cuál será la tónica de su gobierno. Su franqueza puede ser quizá un  poco brutal, pero tiene la virtud de ponernos sobre aviso. El pueblo sabe ya cómo manejará las cuentas públicas en caso de llegar a Los Pinos. Si considera lícito y plausible que un gobernador centuplique la deuda de su estado en el año de Hidalgo, ya sea por ineptitud o venalidad, y sólo censura que sus subalternos hayan recurrido a falsificaciones para obtener el botín, podemos suponer que aprobará una conducta análoga en su secretario de Hacienda.

Poco le faltó para proclamar que la deuda externa mexicana se multiplicará en la misma proporción si la voluntad popular lo favorece en las urnas. Y nos lo advierte desde ahora, cuando ni siquiera ha empezado la campaña electoral, para que nadie se llame a engaño. ¿Puede haber mayor honestidad y transparencia en un hombre público?

La maledicencia insinuará, sin duda, que Moreira contrajo esos préstamos para enriquecerse y de paso para financiar la candidatura de su hermano Rubén, a quien heredó la gubernatura de Coahuila. La PGR ya tiene el caso en sus manos, y quizá en algún momento llegue a fincar  acusaciones contra el actual presidente del PRI. De ahí a pensar que Peña Nieto está solapando un latrocinio enorme sólo hay un paso.  Pero ese peligro no lo arredra ni lo ha frenado en su empeño por depurar las viejas maneras de hacer política. Se equivocan quienes piensan que el flamante precandidato es un mero continuador de la vieja cleptocracia que llevaba al país a la bancarrota financiera cada fin de sexenio. Echeverría, Salinas, Hank González, y el propio Arturo Montiel (mentor político de Peña Nieto) simularon siempre una probidad inmaculada mientras hacían negocios fabulosos al amparo del poder. Peña Nieto, por el contrario, se abre de capa y advierte a los electores, con el aplomo de los galanes, que en caso de llegar a la Presidencia  no hará nada por ocultar el saqueo del erario. Gracias, señor candidato por haber  llevado tan lejos su compromiso con la verdad.