» A la sombra de los deseos en flor «

Ropavejeros

Los recuerdos y las cosas arrumbadas esperan una voz que les diga: "Levántate y anda"
Ana Clavel. La autora es narradora. Su libro “Las ninfas a veces sonríen” obtuvo el Premio Iberoamericano de Novela Elena Poniatowska. (FOTO: Especiales )
Por Ana Clavel
| domingo, 12 de abril de 2015 | 00:10
Dice con razón la escritora Ana García Bergua: “A su manera, la novela es voraz: te pide todo lo que puedas vivir y lo que hayas vivido (en la vida real y en las lecturas). Una ropavejera que no tira nada y aprovecha todo, si no en esta novela, en la que sigue… “No sé si haya otro oficio donde se necesite tanto de la memoria como el de la escritura; claro, la memoria involuntaria, y esa otra que no forzosamente ha sucedido: la “memoria imaginaria”. No me pidan que explique este oxímoron porque sólo es una corazonada, pero de lo que sí estoy segura es que el oficio de ropavejero casi se ha extinguido. O como el de otros vendedores ambulantes, se ha metamorfoseado por la industria y los centros comerciales. Un ejemplo: de los referidos por Antonio García Cubas en El libro de mis recuerdos (1904), el aguador que todavía en pleno siglo XIX transportaba su carga en un voluminoso chochocol, se ha transformado en el señor del agua que conduce una bicicleta-carrito con los botellones azul plástico de marca conocida. Otros como el pollero, la pajarera, el petatero y el carbonero han francamente desaparecido. 

El ropavejero tiene un antecedente en otro oficio: el cristalero que “sacaba provecho de su industria cambiando por ropa usada los objetos de su comercio”. Es curiosa la estampa del cristalero en los cuadros de costumbres descritos por García Cubas: una especie de malabarista con un par de sombreros en la cabeza, un juego de botas de montar en la mano izquierda, en un brazo sacos y abrigos que acaba de mercar, en la diestra una canasta con vasos, platos, tazas, saleros, vinagreras para ofrecer a sus clientes. Ignoro en qué momento la canasta con objetos de cristal se esfumó para dar espacio a un saco enorme que el ropavejero cargaba a sus espaldas. Recuerdo que entrados los años 60, mi madre llamó a uno de ellos para ofrecerle ropa gastada. Entró con su cargamento que dejó a mitad de la sala para revisar con olfato rapaz las prendas usadas. Y como en la escena consignada por García Cubas, nos ofreció una bicoca por la transacción que mi madre sólo aceptó porque al menos así se ahorraba la pena de tirar ropa todavía buena a la basura. 

Por supuesto, tenía un pregón para anunciarse en cada casa y edificio, muy semejante al que con ingenio, humor y sabrosura captó Francisco Gabilondo Soler Cri-crí en la canción infantil El señor Tlacuache, que cargaba un tambache de cosas y compraba, vendía e intercambiaba cachibaches como zapatos usados, sombreros estropeados, chamacos malcriados, comadres chismosas y viejas regañonas para llevárselos en su costal. (Una versión actual del otrora ropavejero podemos verla montada en una camioneta destartalada y escuchar su pregón de grabación casetera por todas las calles de la gran ciudad: “Se compran colchones, tambores, refrigeradores, estufas, lavadoras, microondas, o algo de fierro viejo que vendan…”)

Nuestro mundo que todo lo desecha, esta “era del vacío” y de hiperconsumismo según el filósofo Lipovetsky, suele desdeñar el papel del ropavejero en la vida de las urbes. Yo tenía una tía que en su lejana Pinotepa reservaba una bodega para los trastos que ya no usaba pero que guardaba porque después podría necesitar. En ese tendajón oscuro hicieron nido los murciélagos y cuando íbamos de vacaciones y ella nos mandaba a sacar algo en pleno día, por la puerta entreabierta y su haz de luz estridente, los murciélagos se agitaban como mariposas nocturnas nimbadas de oro y ámbar: una imagen que tal vez utilizaré algún día en una novela. Mientras tanto la atesoro por esa magia de los recuerdos y las cosas arrumbadas que sólo esperan una voz que les diga: “levántate y anda”. A fin de cuentas, la escritura siempre es deseo en libertad.