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Puebla temperamental

¿Qué pensaría Guillermo Prieto, autor de La vida en Puebla, si pudiera mezclarse entre nosotros?
PUEBLA TEMPERAMENTAL Magali Tercero nos cuenta sus experiencias sobre su visita a Puebla (FOTO: )
Magali Tercero
| jueves, 24 de marzo de 2016 | 22:36

Según Carlos Monsiváis la crónica explora el temperamento de las comunidades. De alguna manera eso hago cuando viajo para dar algún curso intensivo de crónica. De Puebla, por contar algo, suelo regresar entusiasmada. El martes 27 de enero conocí, por ejemplo, a un vendedor de antigüedades de origen francés: Etienne Michel. Etienne creció en una casa antigua del centro de Puebla. Una construcción de dos pisos con un patio que da a una escalera formidable de cerámica poblana rematada con un lujoso arco para marcar el ingreso al segundo piso, donde vive este Etienne que silba sin parar mientras pule sus objetos, y cuenta sobre su otro abuelo, fundador de “La Pasita”, una institución en el ámbito de los licores dulces.

Fantasmas. Un miembro del grupo —F*, nacido en la Ciudad de México—, se maravilla con la maestría en el silbar de Etienne. Nos lleva a escucharlo, a mí y a G*, otra alumna de inteligencia veloz. Es asombroso lo que E* logra. Mientras miro una antigua fotografía de los años cuarenta del siglo XX —la de una bella Elsa dedicada a otro fantasma como ella, un tal Rodolfo —, nos conduce hasta la mesa donde están las fotografías de su abuelo. Ahí se le ve, recio y derecho, siendo condecorado por el presidente Pascual Ortiz Rubio. “Usted se parece a su madre”, exclama G*, hija de militar que se identifica con la artista Louise Bourgeois por el maltrato del padre, ex esposa de otro militar y divorciada hace seis años. E* vive y trabaja en la añosa casa antigua familiar que hoy ha perdido su esplendor. En ella hay un universo, como bien dice F*: máquinas de escribir, retratos y periódicos envejecidos, muebles de otro tiempo, pertenencias de gente que ya no existe.

Wittgenstein y las cualidades. G*se siente feliz porque formamos un grupo heterogéneo. Vinieron dos narradores treintañeros, seis u ocho reporteros, un diseñador gráfico, una videoasta poblana que recién regresa a su tierra, dos adolescentes estudiantes de Letras, una ex cantante y actriz, una poeta con la cual resulta que en mi brevísima etapa de indecisión vocacional, tomé un taller de poesía con Ricardo Castillo y Ricardo Yáñez. He aprendido que dar clases y talleres no es repetir datos. Es, como dijo B*, una experiencia.

Un zócalo de luto. El Zócalo de Puebla me tiene en llamas. Me gustó ocultarme dentro del cilindro blanco que parece de encaje, una escultura de Jan Hendrix, dedicada a Ángeles Espinoza Yglesias, donde los enamorados pintan corazones. Todo era caminar cuadra y media en zigzag y entrar de lleno al Zócalo. Ayer 26 de enero estuvo tomado por la Caravana a favor de los 43 de Ayotzinapa. Algunos padres encendieron las velas desplegadas frente a los retratos de los 43. Me conmovió el orador principal, un guitarrista maduro que además tocó y cantó con otros dos músicos. Sin querer me puse a pensar en todos esos contactos míos de Facebook que no sienten un ápice de compasión por esos 43 casi niños tan expuestos a la miseria. La música era hermosa y alguien comenzó a bailar. No me decidí a hacer el Paseo Nocturno en bicicleta. Los 10 o 12 vehículos blancos, unidos entre sí, me obligarían no sólo a pedalear sino a padecer el frío poblano. En la mañana hubo una marcha de banderas rojas llevadas por miembros de Antorcha Campesina. Varias decenas de campesinos seguían, por una larga calle estrecha flanqueada por construcciones coloniales, a una joven iracunda: “Señor Gobernador: Destituya al presidente municipal de San Bernabé Temoxtitla. Estamos indignados de que sea un traidor”, repetía. ¿Qué pensaría Guillermo Prieto, autor de La vida en Puebla, si pudiera mezclarse entre nosotros?