Si el Distrito Federal es de verdad una ciudad de vanguardia, como pregona la propaganda del gobierno capitalino, la colonia Condesa sería la vanguardia de la vanguardia. Pero se trata, creo, de una vanguardia aislacionista, empeñada en dar la espalda a la inmensa y conflictiva retaguardia que la circunda. Pequeño islote de civilización en medio del caos urbano, con semáforos para peatones, préstamo de bicicletas públicas, grandes librerías, pequeños teatros, sex shops y bares para todos los gustos, en sus calles me invade una sensación de irrealidad, nunca un sentimiento de pertenencia. Es obvio, como han advertido ya varios caricaturistas, que infinidad de esnobs acuden a la Condesa en busca de la personalidad que no tienen, y tanta competencia por figurar entre la gente chic engendra una atmósfera irrespirable. Pero sobre todo me incomoda advertir en el ánimo colectivo una especie de utopía triunfalista que proclama la entrada de México al Primer Mundo. “Por ahora sólo nosotros hemos conquistado este edén, pero la ciudad entera podría ser así”, parecen anunciar los corrillos de jóvenes congregados en las terrazas de la colonia.
Como buena parte de la Condesa está poblada por la tribu urbana que los franceses llaman “bohemian bourgeois”, el barrio tiene una vocación elitista, pero trasgresora y alivianada, que lo asemeja al Greenwich Village neoyorquino, al Soho londinense, al barrio madrileño de Chueca o al Marais de Paris. Es uno de los pocos lugares de la ciudad en donde una pareja homosexual o lésbica se puede besar en público y esto va irradiando ondas expansivas de tolerancia hacia otras zonas de la ciudad. Pero el marcado predominio del fenotipo criollo en casi todos los hogares, antros y comercios de la zona confirma que en México, ni las comunidades más libertarias pueden abolir la sociedad de castas. Desde luego, la privatización de lugares de estacionamiento por parte de los valet parkings nos recuerda que la raza de bronce está ahí, exigiendo un lugar en la fiesta. Y como no lo tiene, introduce en el paraíso los gérmenes destructores de la barbarie y la ilegalidad. Nunca he vivido en la Condesa, pero como yo también soy criollo y para colmo, tengo hábitos de bohemio burgués, lanzo a mis congéneres una pregunta que no pretende ser un reproche sino una autocrítica: ¿Cuándo alcanzaremos una modernidad que incluya a la prole? ¿No será esta exclusión heredada de la colonia lo que más nos aleja del Primer Mundo?
En mis mocedades, la juventud ilustrada y rebelde se concentraba en Coyoacán, el centro neurálgico de la izquierda universitaria, donde casi era obligatorio llevar morral y camisa de manta. La utopía implícita en ese modo de vida era más incluyente que el hedonismo egoísta de la Condesa, pero a mi juicio, aquella élite comprometida pecaba de hipócrita y santurrona. En el soviet clasemediero de Coyoacán también me sentía incómodo, no sólo por la ley seca de las peñas folclóricas, sino porque los círculos de izquierdistas dogmáticos tienen una vocación sectaria que los lleva a sospechar intenciones aviesas en cualquier extraño. Ahí mi sensación de irrealidad era de otra índole: me parecía que esos camaradas se habían enamorado de su espíritu justiciero, pero tenían muy poco en común con el pueblo a quien pretendían redimir. Yo era entonces un niño bien marxista y advertía la misma incongruencia en mi propio carácter. Coyoacán era en el fondo un escaparate de virtudes cívicas, no un semillero de luchadores sociales. Pero cuando menos, el talante igualitario de la zona fue un contrapeso eficaz contra la discriminación del naco, que en la década de los 70 empezó a tomar un cariz hitleriano entre las clases más o menos acomodadas.
¿Tendremos alguna vez un barrio emblemático que reúna lo mejor de Coyoacán y lo mejor de la Condesa, un barrio moderno, igualitario y mexicanista que no pretenda ser nuestra pequeña Europa? Tal vez sea imposible en las circunstancias actuales, porque la mercadotecnia del espectáculo (destructora de nuestra admirable cultura vernácula) y la expansión de la criminalidad provocada por la podredumbre de las instituciones policiacas han roto las bisagras que antes mantenían cierta cohesión social. No hay concordia posible en medio del terror y el autodesprecio. Pero como el Distrito Federal está marcando la ruta para romper con las herencias coloniales más nefastas del país, quizá deberíamos inventar un lugar así, antes de que el antagonismo racial, cultural y económico de los dos Méxicos acabe con ambos.