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Morir entre abedules

Con Los abedules de Andrzej Wadja aprendí que todo aquello que revulsivamente nos trastorna, es porque en realidad nos ha poseído siempre, le pertenecemos incluso sin saberlo
Ana Clavel. La autora es narradora. "Amor y otros suicidios", publicado por Ediciones B, es su libro más reciente (FOTO: )

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Ana Clavel
| domingo, 5 de mayo de 2013 | 00:10

Difícil la tarea de elegir una película entrañable por encima de otras, para mí que soy totalmente visual. Indecisa, me adentro en la oscuridad de ese cinematógrafo secreto que es la memoria personal. Incierta al principio, vuelve a correr entonces una escena que incendia la pantalla: un bosque de abedules que es agonía y éxtasis. En principio, la agonía y éxtasis de Stanislaw, el joven tuberculoso de la película de Andrzej Wadja, Los abedules (1970). Se trata del momento incandescente y sublime en que, en su cama de moribundo, Stan observa el mundo expandirse alrededor suyo, como si una ventana secreta e inmensa se abriera y lo precipitara al bosque de su deseo: el anhelo, ya inútil, de su sed de vida. Su cama de tísico se adentra entonces en el bosque que gira y lo envuelve en un movimiento de espiral o de vértigo con el poder y la belleza del delirio o de los sueños cumplidos.

Creo que no he contemplado una escena más hermosa en toda mi vida. Una escena que, paradójicamente, es la de la vida en retirada, la del tránsito hacia la muerte. Busco para estas notas el significado del abedul en el diccionario. No deja de sorprenderme que el símbolo del arcángel Azrael, el ángel de la muerte, sea precisamente un abedul. Recuerdo haber visto esa película en el Auditorio Che Guevara de la Facultad de Filosofía y Letras de la UNAM, cuando tenía dieciocho años, en la época en que acudía a diario a Ciudad Universitaria porque recién había ingresado a la carrera de Letras Hispánicas, y el mundo se me revelaba vasto y cargado de vaticinios y heridas luminosas.

Recuerdo que una profesora de Introducción a la Filosofía había comenzado a hablarnos de la experiencia estética como de una vivencia más próxima a lo sublime y lo terrible –más allá de la belleza convencional–, del síndrome de Stendhal y la frase de Breton: "La belleza será convulsiva o no será". Con Los abedules aprendí que todo aquello que revulsivamente nos trastorna, es porque en realidad nos ha poseído siempre, le pertenecemos incluso sin saberlo.

En la penumbra del auditorio Che Guevara, frente a su pantalla enorme, clavada a una de sus butacas rígidas e incomodísimas, seguí paso a paso la enfermedad de Stanislaw, frágil y vehemente; su rivalidad con el hermano sano, arrogante, vital. Luego la lucha de ambos por conquistar y poseer a la campesina Malina, voluntariosa y subyugante como la vida misma. Un drama simple y tan antiguo como el Génesis, que sólo la mirada-linterna mágica de Wadja había conseguido resignificar.

Recuerdo que hacia el final de la cinta, en el momento culminante de la agonía y éxtasis de Stanislaw, ocurrió el misterio: el de mi propia agonía y éxtasis, circundada por ese bosque de abedules de tronco blanquísimo, plateado, casi espejeante, que desbordó la enorme pantalla del Che Guevara, que inundó la penumbra con una luz fulgurante y otoñal, que borró durante varios segundos de eternidad insondable los límites de la realidad inmediata y me trastocó con su vértigo de belleza despiadada. Fue, quizá, la primera y la más fulminante de mis muertes. Después he tenido otras: más agónicas, más intensas, más plenas, más elaboradas, más gozosas… No sé si más mortales y hermosas.

(El libro Función privada. Los escritores y sus películas, editado por Georgina Hernández y publicado por la Cineteca Nacional, con textos de Nicolás Alvarado, Carmen Boullosa, Luis Humberto Crosthwaite, José María Espinasa, Alicia García Bergua, Guillermo Fadanelli, Ana García Bergua, Cristina Rivera Garza, Alberto Ruy Sánchez, Naief Yehya, entre otros, se presenta al público con la exhibición de las películas elegidas por los autores en la Cineteca Nacional del 7 al 17 de mayo a las 19:30 h.)