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Las ciudades y los dones

Pero viajar conlleva también incorporar otras ciudades a la constelación interior
Ana Clavel. La autora es narradora. Su libro “Las ninfas a veces sonríen” obtuvo el Premio Iberoamericano de Novela Elena Poniatowska (FOTO: ILUSTRACIONES Carlos Rivaherrera / EKO )
Ana Clavel
| domingo, 5 de julio de 2015 | 00:10

“No hallarás otra tierra ni otro mar / La ciudad irá en ti siempre”, dice en un afamado poema Constantino Cavafis. Porque, de algún modo, al viajar y buscar otros horizontes, uno nunca puede desprenderse del todo de la ciudad o del mundo que lleva consigo.

Ya sea “ojerosa y pintada” en palabras de López Velarde, ya sea “negra o colérica o mansa o cruel, / o fastidiosa nada más: sencillamente tibia” en versos de Efraín Huerta, yo también llevo mi ciudad a cuestas con todo su vaticinio de mansedumbre y tormenta.

Pero viajar conlleva también incorporar otras ciudades a la constelación interior. De tal modo que en el regreso de todo viaje refulgen como joyas algunas instantáneas de los lugares por donde se ha deambulado. Somos, en consecuencia, todas las ciudades que hemos visitado, las que han pasado por nosotros dejando su huella y que así nos habitan. Si uno enumera algunos de esos momentos de la memoria titilante, tendría forzosamente que empezar ofreciendo las gracias, como lo hizo el bibliotecario ciego al que en un gesto de “magnífica ironía”  le fueron conferidos “a la vez los libros y la noche”

Por la Alhambra de Granada en cuyos jardines perfumados de rosas y jazmines una pareja de muchachos —hermosos y puros como la pareja original— cortó un higo y lo comió sin que se desencadenara ninguna catástrofe.

Por Estambul y su mar de Mármara que parecía un grabado medieval con sus espumas infantiles al paso de los barcos. También por su palacio sumergido  de Yerebatan, en donde es posible caminar como por los laberintos de un sueño hasta toparse con la cabeza de Medusa —de mármol y musgo verde tierno enjoyada— sin morir en el intento.

Por el hombre de gruesos lentes de fondo de botella que en una esquina de la Gran Vía de Madrid, de pie y frente al tráfico y el mundo, se gastaba las pocas baterías de sus ojos leyendo la América descubierta por Franz Kafka.

Por Beirut que me dio un libro en francés y en árabe, pero antes la amenaza acechante de la guerra con aquel tanque que recorría la calle aledaña a la Université de Saint-Joseph como si fuera una bicicleta para el verano.

Por Río de Janeiro donde un amor quiso perderse en el licencioso barrio de Lapa y terminó más bien perdiéndome a mí.

Por la mano monumental que en Punta del Este sonríe y saluda desde la arena y que nos habla de cómo el hombre puede ser infinito en su capacidad de jugar con las estrellas.

Por Dublín y el corazón de San Lorenzo O’Toole que después de muerto en el año 1180 seguía latiendo en un relicario en forma de corazón en la catedral de la Santísima Trinidad.

Por Budapest en cuyo puente de las Cadenas creí ver o vi a Alina Reyes ya no ajena y lejana como en el cuento de Cortázar, sino tan íntima y cercana que al separarme de su abrazo dejé de saber si era ella o yo quien retomaba el camino hacia México.

Por Buenos Aires y sus calles de “jacarandás” en flor que se abrieron todas a un tiempo azul plúmbago para recibirme. El Buenos Aires de la Recoleta que me dio a un mismo tiempo a Pierre Menard y a ese otro argentino hermoso que no me amó.

Por las íntimas ciudades que aquí no menciono, pero sí ese otro poema que habla de los dones y que no me cansaré de agradecer jamás.

Por la vikinga Norwich y su histórico Dragon Hall, en cuyo interior la filigrana en madera de un dragón vuela sobre las cabezas de los escritores que se reúnen en su Festival de Literatura, año con año, como la promesa cumplida de un mundo de imaginación y deseos encarnados en libros.

Por esa gracia que nos permite, a pesar de todas las devastaciones y las pesadillas, agradecer los sueños y los viajes, las ciudades y los dones que nos inventan desde las sombras y el deseo.