Ni siquiera en la Edad Media, la época en que el cristianismo tuvo un control más férreo sobre las conciencias, la Iglesia cometió el desatino de presionar a un gobierno para que erradicara las tentaciones, como sucede hoy en día con la prohibición del consumo y la venta de drogas, impuesta a toda la humanidad por las fuerzas conservadoras de Estados Unidos. Cuando Dante recorre el purgatorio en la Divina comedia, le salen al paso dos ángeles con espadas truncas, emblemas de la Justicia y la Misericordia, las virtudes con que el hombre cuenta para defenderse de la tentación. Los ángeles llevan espadas sin punta porque las virtudes no pueden matar en el ser humano la propensión a pecar: eso significaría negar uno de los principios más importantes de la fe cristiana, el libre albedrío, que puede inclinar al hombre a la virtud o al desenfreno. Pero mientras la moral cristiana promete la salvación a quien se arrepienta de sus pecados (dando por hecho que todo el mundo los cometerá), la moral puritana, mucho más estricta, pretende privar al hombre de tentaciones, aunque ello nulifique su libre albedrío.
El reciente escándalo protagonizado por la gran cadena de lavanderías HSBC, que en el transcurso de un solo año, 2007, recibió sin remilgos 7 mil millones de dólares en depósitos provenientes de los cárteles mexicanos, y los exportó a Estados Unidos, demuestra que el cinismo ha sido siempre la contrapartida de la moral puritana. Como los conservadores de Estados Unidos quieren privar a sus hijos de tentaciones, la Casa Blanca presiona a México para impedir que las drogas crucen la frontera. El presidente Calderón, un católico al servicio del puritanismo, desencadena una guerra en la que mueren 60 mil compatriotas, pero como la tentación nunca morirá, el número de adictos crece, ¿y quién se lleva la parte del león en este negocio? El virtuoso país que nos ha embarcado en una demencial cruzada contra el libre albedrío. Si Calderón hubiera tomado clases de teología con su ex amigo Castillo Castillo Peraza, quizá no habría sido un lacayo tan sumiso de la derecha norteamericana.
Por fortuna, en otras partes del mundo hay políticos menos obtusos que ya entendieron a quién beneficia la política antidrogas de Washington. La decisión de legalizar la marihuana, recién tomada por el presidente del Uruguay José Mújica, anuncia el comienzo de una nueva era en que la tentación de escapar de la realidad ya no será combatida a muerte, sino regulada con inteligencia. El proyecto de ley todavía está sujeto a debate, pero a juzgar por el contenido de la iniciativa, los macizos uruguayos tendrán derecho a comprar 40 cigarrillos mensuales y con el dinero obtenido por el gravamen fiscal de la yerba, el gobierno dará asistencia médica a los adictos crónicos (apenas el 10% de los consumidores). Como todos los pioneros que rompen tabúes, los congresistas del Uruguay se enfrentan a varios dilemas: ¿deben restringir la venta de marihuana a los uruguayos o extenderla a los visitantes extranjeros? ¿La producción de cannabis será un monopolio estatal o un negocio privado regido por las leyes de la oferta y la demanda? ¿Lograrán que la medida contribuya a disminuir en los jóvenes el consumo de crack, actualmente al alza, o tendrán que despenalizar también la cocaína, para inhibir el consumo de sus derivados más letales? Yuri Fedotov, director de la Oficina de las Naciones Unidas contra las drogas y el delito, se apresuró a condenar el proyecto de Mújica (véase El Universal on line, 26, VI, 2101) previendo graves sanciones contra el gobierno uruguayo. ¿Acaso la ONU trabaja al servicio del grupo HSBC?
El único punto de la ley que no ha complacido a los uruguayos, ni a las organizaciones internacionales que luchan por la legalización de las drogas a escala mundial, es la posibilidad de que el gobierno lleve un registro de los consumidores de marihuana. A nadie le gusta estar fichado por la autoridad, más aún si ese registro puede ser utilizado por dependencias públicas y empresas privadas como un instrumento discriminatorio en la contratación de personal. La marihuana es un vicio como el alcohol, que algunas personas pueden controlar y otras no, según su fuerza de voluntad. Mucha gente productiva la fuma de vez en cuando, sin menoscabo de su desempeño laboral o estudiantil. ¿Van a estigmatizarla por comprar unos cuantos carrujos? La mota no da cruda, y por lo tanto es menos lesiva para la productividad que el alcohol. Como todos los hombres que oscilan con libertad y prudencia entre los polos de la tentación y el deber, los grifos moderados merecen el mismo respeto que los bebedores ocasionales.