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La isla que flota en el cielo

Aquí, puesto que está en el mar, señala a la isla entera y su contorno. Es como entrar en otra dimensión de la vida
ALBERTO RUY SÁNCEZ. El autor es poeta, narrador y ensayista. Su libro más reciente es la novela Elogio del insomnio, publicada por Alfaguara (FOTO: NINA SUBIN )

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ALBERTO RUY SÁNCHEZ
| domingo, 8 de septiembre de 2013 | 00:10

En el centro de la Bahía de Hiroshima disminuye de golpe la velocidad del barco, como invitando a una contemplación más detenida. Porque ya está frente a nosotros nuestra meta. Entre tantos lugares bellos y asombrosos que Japón nos depara, entre tantos otros llenos de rituales y de misterio, entre tantos más donde la naturaleza y la arquitectura tradicional son como sorprendentes manos entrelazadas danzando, éste sin duda, desde antes de llegar, nos arrebata. El ritmo flotante ahora es de súbita boca abierta, de suspiro detenido, de nueva lentitud en los relojes. Y la mirada no deja de estar hiopnotizada por esa repentina aparición. A algunos hasta se nos olvida tomar la fotografía.

De pronto se le ve llenar el horizonte, salir de la neblina sin dejarnos percibir completamente su contorno. Su espesa vegetación la hace algo obscura. Y contrasta con lo que se nos aproxima. Ahí está, más cerca de la isla al principio y luego más cerca de nosotros: un monumental arco antiguo o puerta ritual de madera de sándalo, roja y rotunda, clavada en el agua. Es el legendario Tori de Miyajima, la puerta de la isla divina. Ese pórtico simbólico que normalmente indica alrededor de los templos el umbral de los territorios donde lo sagrado comienza. Aquí, puesto que está en el mar, señala a la isla entera y su contorno. Es como entrar en otra dimensión de la vida, dice a mi lado una lectora voraz de literatura fantástica. Como si la isla flotara en el aire.

Lo excepcional comienza entonces ya ante ese Tori de madera en el mar que vamos cruzando. El pórtico es de un intenso rojo naranja, con techo de teja verde a lo largo del travesaño mayor. Entre ése y otro travesaño abajo hay un hengaku de cada lado: un pequeño cuadro de madera con una inscripción vertical de cuatro kanjis en una sola línea. Dedicatoria, ofrenda y protección. Uno mira hacia la isla, al sur, y el otro hacia el mar. Dicen que fue hecho por un príncipe, poeta y calígrafo, Taruhito Arisugawa, héroe de tres guerras, tocado por la gracia de los dioses. En un extremo delgado del travesaño, una luna mirando al oeste, del lado opuesto, un sol. Pasamos muy cerca de los cuatro pilotes suplementarios que refuerzan a los dos más grandes haciendo de éste un Otori, un super Tori. Cada uno de ellos con un pequeño techo negro. Me produce una especie de escalofrío estar de pronto frente a este Otori marino que he visto tantas veces en fotografías y sobre todo en grabados antiguos, y muy especialmente en un Ukiyo-e que en una impresión contemporánea desde hace tiempo me acompaña.

El barco, más bien un modesto Ferry, ya nos había alejado del pequeño embarcadero de Miyajimaguchi, donde nos dejó el tren que casi media hora antes habíamos tomado en la ciudad de inolvidable nombre trágico y sombrío, Hiroshima. Ahora, lentamente, nos acercábamos a la isla. Se llama oficialmente Itsukushima. Pero todos nos encaminamos hacia sus costas con el nombre mágico de Miyajima en la boca. Significa, me dicen, “isla santuario”: meta de peregrinaciones, es decir, de viajes espirituales hacia un lugar excepcional de adoración.

De frente, recibiéndonos, el enorme templo de madera del mismo color del Tori. Una sola planta de alto. Extendido y sin embargo casi todo muy depurado hasta el extremo de parecer vacío. Sólo techos y los pisos como muelles, casi sin muros. Lámparas colgando y ofrendas de papel doblado. El santuario shintoista se levanta sobre pilotes. La marea sube, baja y le pasa por debajo. Parece flotar en el agua. Lo cual se considera una espcie de plegaria o adoración a los espíritus sagrados del mar. Los muelles rodean a los salones semi vacíos donde sin embargo está apunto de realizarse un ritual. En hilera entran personas con hábitos blancos, cantando. Traen en las manos ofrendas. Crótalos, incienso, flores, origamis blancos para colgar del techo. Poco a poco distingo en el vacío múltiple una cierta jerarquía de los espacios: primero el salón de los espíritus de la naturaleza o Kamis, que son el objeto de la adoración depurada de los templos Shinto. Los Kami pueden ser ánimas del entorno natural o antepasados. O ambos en peculiar simbiosis. Es a través de esta creencia ritual que el emperador es el sol. El espacio de los Kami tiene el techo un poco más alto. Después, un pco más de lado el ámbito de los sacerdotes y alrededor el espacio de todos los feligreses. Me doy cuenta de que el Otori en el mar está perfectamente alineado con el muelle principal de este templo que da nombre a la isla. El shintoísmo cultiva el equilibrio armónico con la naturaleza. Y eso se siente: el templo de Itzukushima encaja en una pequeña bahía de la isla como una mano acoplándose a una piedra curva. Atrás, el bosque y la montaña completan el cuadro. A la que se añade, al pie de la colina izquierda, una bella torre pagoda de techos achinados en cinco niveles para hacer la composición perfecta.