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La herejía de Cynthia Nixon

¿La homosexualidad es cuestión de elección?
COLUMNA Para los ideólogos de la homosexualidad innata, los bisexuales son el equivalente de los odiados "revisionistas" a quienes el camarada Stalin quiso exterminar, alegando, como Wayne Besen, que también ellos daban armas al enemigo (FOTO: Archivo EL UNIVERSAL )

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Enrique Serna
| domingo, 26 de febrero de 2012 | 00:10


Cynthia Nixon, famosa por interpretar el papel de la abogada Miranda en la serie Sex and the city, fue víctima de un linchamiento político y moral por haber declarado al New York Times que ella “eligió ser lesbiana” después de haber estado casada 15 años con un hombre (EL UNIVERSAL, 31, 01, 2012).

Lo paradójico es que los ataques en su contra no vinieron de la ultraderecha conservadora, sino de algunos grupos que defienden los derechos civiles de la comunidad gay y esgrimen como argumento legal que la homosexualidad no depende del albedrío, para rebatir a los fundamentalistas cristianos que pretenden “curar” a los homosexuales en clínicas de rehabilitación. La actriz fue tratada como hereje por el líder Wayne Besen, fundador de la organización homosexual Truth Wins Out, que declaró con enfado: “Cynthia no pensó en las repercusiones de su declaración. Será usada contra los muchachos que salgan del clóset, cuando sus padres quieran forzarlos a seguir un tratamiento, porque si la homosexualidad es una elección, argumentarán, entonces también puede serlo el regreso a la normalidad”. (America blog gay, 28 de enero de 2012).

De entrada me sorprende que en el reino de Sodoma se produzcan estas discusiones bizantinas, pues lo razonable sería que los movimientos en contra de la discriminación sexual admitieran en su seno a perseguidos de todas las tendencias, no sólo a homosexuales químicamente puros. Pero según parece, en Estados Unidos se está gestando una aberrante ortodoxia gay que pretende reglamentar el deseo y cercar la libido con alambre de púas. Por supuesto, la depravada bisexualidad queda fuera de este gueto virtuoso. “No utilizo la palabra bisexual para definirme —dijo Cynthia Nixon en la misma entrevista— porque nadie quiere ni respeta a los bisexuales. Todo el mundo quiere denigrarnos”. Para los ideólogos de la homosexualidad innata, los bisexuales son el equivalente de los odiados “revisionistas” a quienes el camarada Stalin quiso exterminar, alegando, como Wayne Besen, que también ellos daban armas al enemigo, en este caso, al imperialismo. Pero ¿quién seduce a los bisexuales? ¿No son, acaso, el trofeo más codiciado por las locas?

Salvador Novo acuñó el apotegma “loca no come carne de loca” para explicar por qué los homosexuales de su época buscaban boxeadores o cadetes del colegio militar en vez de acostarse entre sí. Las libertades civiles cambiaron los estilos de vida y ahora los homosexuales asumidos ya no tienen impedimentos ni prejuicios para formar parejas, pero es indudable que un sector de la comunidad gay todavía está formado por locas que sólo obtienen verdadera satisfacción si conquistan a un heterosexual (que automáticamente deja de serlo al entregar su segunda virginidad).

Este donjuanismo de signo invertido es más frecuente aún entre las lesbianas y como se trata de un juego entre adultos, no debería escandalizar a nadie: cada quien sabe si quiere experimentar o no nuevos placeres. Pero sería pérfido y monstruoso que la comunidad gay repudiara a sus miembros recién reclutados por no ser homosexuales de nacimiento. Como diría Sor Juana: “buscadlas cual las hacéis o hacedlas cual las buscáis”. Cynthia Nixon no dio armas al enemigo: quien se las da es Wayne Besen, por encuadrar esta disputa en el marco doctrinal donde quieren debatir los represores, en vez de sostener lisa y llanamente que cualquiera tiene derecho a ser homosexual , bisexual, transexual o asexual, ya sea por elección o por nacimiento.

Desde luego que al hablar de “elección” no podemos ignorar las pulsiones inconscientes que hay detrás de cualquier deseo. Quizá sea cierto que también se nace bisexual, pues algunos heterosexuales resisten cualquier asedio y otros, en cambio, se rinden a sus seductores con relativa facilidad. Puede ser que haya una homosexualidad ontológica y otra existencialista, pero convertir estas sutilezas en argumentos políticos solo beneficia a los castradores puritanos.

Es muy significativo que el linchamiento público de Cynthia Nixon haya ocurrido en Estados Unidos, un país donde la moral protestante, filtrada subrepticiamente en las filas del radicalismo liberal, pergeñó el santurrón y persecutorio engendro llamado “corrección política”. ¿Habrá en el futuro una Iglesia Homosexual Presbiteriana? ¿No será que Besen y compañía quieren revertir a su favor el dogma del pecado original? Mucho cuidado: por ese camino pueden condenar al infierno a la mayoría de sus novios.

El autor es narrador y ensayista. Su novela más reciente es “La sangre erguida”, publicada por Seix Barral