En la disputa por la celebridad, los modistos y los chefs de cocina superaron desde hace tiempo a los intelectuales y a los artistas, pero la fama universal no les basta y ahora quieren tomar por asalto el santuario de las bellas artes.
Los grandes genios de la gastronomía, como el catalán Ferrán Adriá, se consideran a sí mismos artistas de vanguardia o poetas del paladar. En las principales ciudades del mundo, los museos de arte moderno acogen con frecuencia desfiles de modas, como si los modelos exhibidos en la pasarela tuvieran el mismo valor que las obras expuestas en las salas.
La conflictiva personalidad de Yves Saint Laurent ha inspirado ya una película biográfica, El amor loco, donde el modisto queda elevado a la altura de los neuróticos geniales que han hecho grandes aportes a la humanidad. Otros modistos conmocionan al mundo por la virulencia de sus fobias políticas. El inglés John Galliano, ex diseñador de la casa Christian Dior, protagonizó hace poco un gran escándalo por haber proferido insultos antisemitas a una pareja
judía en una terraza de París. La enorme repercusión del incidente puso en entredicho la integridad moral de Galliano, pero lo más extraño del caso, a mi juicio, fue que los medios atribuyeran a sus bravatas una importancia tan desmedida. ¿Desde cuándo los modistos son líderes de opinión? ¿Esta oleada de frivolidad será pasajera o llegó para quedarse?
Frente a la preponderancia que están cobrando algunas actividades artesanales sobrevaluadas por el gran público, Vargas Llosa advierte con pesimismo:
“En la civilización del espectáculo es normal y casi obligatorio que la cocina y la moda ocupen buena parte de las secciones dedicadas a la cultura. Los hornillos y los fogones y las pasarelas se confunden dentro de las coordenadas culturales de la época con los libros, los conciertos, los laboratorios y las óperas” (Letras Libres, febrero de 2009).
El diagnóstico de Vargas Llosa es correcto, pero quizá esta nivelación no sea tan perjudicial como él cree, pues a largo plazo podría establecer un trato igualitario entre artistas y artesanos. Si derrumbáramos el orden jerárquico que atribuye un valor supremo a las obras del espíritu y menosprecia en cambio las obras artesanales por su carácter utilitario, el feudo de la alta cultura sería invadido por los cocineros y los sastres, pero eso no afecta en nada la comunicación del artista con su público. Lo que está en peligro, entonces, no es la importancia social de las bellas artes, sino la presunta superioridad de la élite intelectual y artística sobre los gremios artesanales. ¿Sería tan malo acabar con ella? ¿Cuál es el origen histórico de este sentimiento aristocrático?
Para ascender en la escala social y marcar distancias con los artesanos, los intelectuales de la Edad Media cometieron el desatino de introducir el ceremonial y la pompa de la nobleza en los rituales académicos. La toga, el birrete, los guantes y la capucha de armiño los emparentaba con los grandes señores, así fuera por unos instantes.
La aristocracia feudal no sólo despreciaba a los obreros manuales, sino a cualquiera que viviera de su trabajo, pero en vez de combatir ese prejuicio, los académicos engreídos adoptaron la mentalidad típica de los capataces encandilados por el status de sus patrones. Según el historiador Jacques Le Goff, todavía en el siglo XIII, el término magister designaba tanto al maestro de escuela como al contramaestre o jefe de taller. Cien años después ya era un título honorífico monopolizado por los intelectuales, que montaban en cólera cuando alguien no les daba ese tratamiento. Sustraer las letras y las artes de la esfera a la que pertenecen, la del trabajo, para colarlas por la puerta de atrás en los salones de la aristocracia, creó un abismo entre los intelectuales y el pueblo que ha perdurado hasta nuestros días.
Cuando el saber no aspira a crear un poder autónomo, a ganar por sí mismo sus títulos de nobleza, se debilita frente a los demás poderes y queda reducido al papel de objeto decorativo. Por falta de temple moral o por exceso de ambiciones mundanas, entre el siglo XV y el XVIII, la intelectualidad europea se enfrascó en una penosa lucha por obtener el favor de los reyes, los déspotas, los oligarcas y los pontífices.
El caso de Ariosto, humillado por su protector, el cardenal Hipólito de Este, que lo trataba como a un vil lacayo y jamás concedió valor alguno a su obra poética, o el de Moliére, que en los documentos oficiales ostentaba el viejo título familiar de “tapicero y valet de cámara del rey”, pues el menor cargo palaciego le daba más prestigio que sus comedias, reflejan una grave devaluación del mérito literario, propiciada y consentida por la misma intelectualidad cortesana.
No estaría mal, entonces, acoger a los modistos y a los gourmets igualados en el seno de una minoría selecta que mira a los de abajo por encima del hombro, quizá porque jamás ha podido hacerse respetar por los de arriba. Nuestra pelea es con ellos, no con los artesanos, a quienes deberíamos abrir de par en par las puertas del Olimpo. Proclamar la superioridad del intelecto sobre la imaginación práctica y de las artes puras sobre las aplicadas ha sido, pues, un error histórico que le costó infinitas humillaciones a los talentos de la antigüedad y ahora nos impide tener una comunicación más fértil con el hombre común.