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Julieta y su Romeo

El filme de Luhrmann es una reactualización soberbia de Romeo y Julieta en nuestros días
Ana Clavel. La autora es narradora. Su libro más reciente es “El amor es hambre”, editado por Alfaguara. (FOTO: EL UNIVERSAL )

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Ana Clavel
| domingo, 14 de febrero de 2016 | 00:10

Hace poco los productores de la serie Hoja de Lata, conversaciones con escritores sobre la versión fílmica de una obra literaria, me propusieron hablar de Romeo y Julieta, la popular obra del teatro isabelino. Previo a la grabación del programa que es una suerte de diálogo chispeante con el conductor Enrique Lazcano, se me pidió escoger una escena de las adaptaciones llevadas al cine. Sin pensarlo dos veces, mencioné el momento en que los protagonistas de Romeo + Juliet, interpretados por Claire Danes y Leonardo DiCaprio, se descubren, curiosos y fascinados, a través de un acuario luminiscente donde irradian su magia unos peces de colores. Yo misma me sorprendí al recordarla: hacía 20 años que no había vuelto a ver la película de Luhrmann desde su estreno en 1996, pero esa escena se había abierto entre las sombras de la memoria con un fulgor persistente. En cambio de la cinta de Zeffirelli (1968) sólo recordaba que me había gustado vagamente y que había reconocido entonces su tema musical, escrito por Nino Rota, como una de esas melodías que evocan una época y su idea de soñar y hacer arte.

Claro que Romeo y Julieta es lo que se dice un clásico. Tan conocido que llega a eclipsar a su creador: mucha gente de a pie, al ser interrogada si conoce a Shakespeare, dice rotundamente que no, y sin embargo, si se les pregunta por los personajes reconocen de inmediato a los amantes desdichados. El asunto de la joven pareja que se quita la vida porque el odio entre sus familias le cierra todos los caminos de realización, cobra en el texto literario un aire de predestinación marcado por las estrellas: "star-cross'd lovers" es el nombre con que se les designa desde las primeras líneas. Representan la fuerza de un eros transgresor que se enfrenta a una civilizada corrección política: como si hicieran resonar en el corazón humano el impulso vital que se resiste al adormecimiento autómata marcado por la sociedad. Se sabe que Shakespeare tomó el asunto de historias previas, pero lo que supo hacer de manera magistral fue jugar con la tensión dramática, de tal modo que el amor de los jóvenes y los equívocos suscitados para evadir la desgracia, van haciéndonos temer una catarsis que se pospone y va en crescendo de tragedia hasta el gran final. Quien ve u oye hablar de la historia de los amantes de Verona, no los olvidará jamás. Así quedan tatuados en la piel de la memoria.

La película de Zefirelli se hizo famosa en su momento por introducir la primera pareja de actores jóvenes en los papeles protagónicos (una hermosa Olivia Hussey de 15 años y un Leonard Withing de 17), y por las escenas naturalistas de desnudo. Pero no deja de ser una mera versión ilustrativa. En cambio, el filme de Luhrmann es una reactualización soberbia de Romeo y Julieta en nuestros días, con un ritmo vertiginoso de imágenes, con los Capuleto y los Montesco como pandillas contemporáneas que en vez de espadas usan pistolas, que se retan y consumen drogas, se mofan y se envanecen como cualquier hijo de empresario, narco o político actual.

Además de ofrendar a nivel visual un glorioso altar neobarroco a los amantes como si fueran deidades paganas, hay un añadido a la carga de catarsis original: Julieta que despierta cuando Romeo está a punto de ingerir un veneno mortal. Y entonces el vuelco de corazón porque deseamos que lo detenga, que se lo impida, que la historia de final fatídico se convierta en imposible felicidad. Al no lograrlo, su suicidio con la pistola de Romeo pegándose un tiro en la sien, en una sublime y apoteósica secuencia cenital, nos regresa a esa “historia la más triste jamás contada de Julieta y su Romeo”, que tanto tememos y adoramos.