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El travestismo y los autores

Encontramos razones de censura que obligan a sus autores a asumir un género distinto al original, pero no forzosamente hablan en aras de la creación misma
Ana Clavel. La autora es narradora. "Las ninfas a veces sonríen", publicado por Alfaguara, es su libro más reciente (FOTO: )

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Ana Clavel
| domingo, 19 de mayo de 2013 | 00:10

Si el travestismo consiste en ponerse la ropa del sexo opuesto, simular una apariencia de género diferente a la propia, este arte de la simulación podría aplicarse también a ciertas obras en las que la persona del autor no corresponde con la identidad de género del narrador que firma o refiere una historia.

Un ejemplo emblemático es el de Cecilia Böhl de Faber (1796-1877), que publicaba sus libros con el pseudónimo de "Fernán Caballero", considerada el Walter Scott español. En pleno siglo XIX, su propio editor reconocía: "Si se hubiera dicho que era una señora, nadie la lee". Un caso semejante fue el de la francesa Aurore Dupin (1804-1876), alias George Sand, quien asumió una personalidad masculina para firmar sus obras sin que su genio literario se viera puesto en duda por su condición de mujer. La mexicana Josefina Vicens se firmaba "Pepe Faroles" para publicar sus crónicas taurinas pues en los años cincuenta escribir sobre toros era un coto exclusivamente masculino. Un caso muy reciente de esta suerte de travestismo autoral es el del argelino Mohamed Moulessenhoul, quien se firmó Yasmina Khadra para denunciar la brutalidad y los abusos de las autoridades de su país. En todos estos ejemplos encontramos razones de censura que obligan a sus autores a asumir un género distinto al original, pero no forzosamente nos hablan de una elección en aras de la creación misma.

En un ensayo sobre el travestismo de Alejo Carpentier al disfrazarse de "Jacqueline" para firmar una columna periodística sobre la moda en 1925, Ben Sifuentes nos habla de un "travestismo textual" para señalar este caso del uso de un nom de plume del afamado escritor cubano cuando aún no era famoso y tenía que ganarse el pan escribiendo sobre la moda femenina. Sin duda, se trata de un proceso más complejo que el hecho de ponerse una máscara y que incide de manera directa en los recursos formales de la escritura a fin de dar verosimilitud y coherencia.

Novelas en las que el narrador en primera persona no corresponde con el género del autor son realmente pocas antes del siglo XX. Es el caso de Moll Flanders del escritor inglés Daniel Defoe, en la que es la propia voz de la protagonista quien nos relata la historia de su adulterio y prostitución, ascenso social, caída y finalmente redención como mujer pícara en la Inglaterra del siglo XVIII. Ya en el siglo XX, Marguerite Yourcenar pasa de la intención al acto, cuando en Memorias de Adriano (1951) declara en la primera página: "He ido esta mañana a ver a mi médico Hermógenes […] Es difícil seguir siendo emperador ante un médico, y también es difícil guardar la calidad de hombre". Un caso semejante se presenta en la novela monumental Noticias del Imperio (1987), en la que el mexicano Fernando del Paso toma la voz de la emperatriz Carlota, recluida en la locura y en su castillo de Bouchout, para recrear el melodrama de un episodio histórico de nuestro país. Aquí, Del Paso elige la primera persona para encarnar la voz de la emperatriz demente y hacerla decir: "Yo soy María Carlota Amelia Victoria Clementina Leopoldina, Princesa de la Nada y del Vacío, Soberana de la Espuma y de los Sueños, Reina de la Quimera y del Olvido, Emperatriz de la Mentira…"

Otro caso muy reciente es La cresta de Ilión (2001) de la mexicana Cristina Rivera Garza, cuyo narrador masculino, en una propuesta de ambigüedad espejeante e inusitada, descubre una identidad oculta hasta para él mismo. Es que los creadores de los tiempos recientes se enfrentan a la tarea de revelar la incertidumbre de una realidad mental y material cada vez más compleja y cambiante. O de sacar a luz deseos que antes permanecían en la sombra…