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El deseo postergado

...deseo postergado, insatisfecho, porque si hay algo que el hombre no puede permitirse es el goce absoluto
ANA CLAVEL. La autora es narradora. Su libro Las ninfas a veces sonríen obtuvo el Premio Iberoamericano de Novela Elena Poniatowska. (FOTO: Especial. )

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Ana Clavel
| domingo, 9 de marzo de 2014 | 00:10

Hay un bello cuento narrado en la novela El cielo protector (1949) de Paul Bowles que relata la historia de tres muchachas que desean, sobre todas las cosas, tomar un té en el Sahara. Después de mil esfuerzos, Outka, Mimouna y Aicha llegan por fin al desierto resplandeciente. Pero cada vez que están a punto de sentarse a tomar el té sobre la arena, alguna de ellas dice que hay una duna más alta donde colocar la tetera y los vasos. Así van de una duna a otra hasta que terminan tan agotadas que deciden tomar un descanso y se quedan dormidas. Después de varios días, una caravana descubre sus cuerpos inertes alrededor de los vasos llenos de arena. Dice el narrador: "Así fue como tomaron té en elSahara". (En árabe el término "Sahara" significa precisamente desierto. Pero no es una palabra desierta. Su sonido es cascabel en la arena, labios sus dunas).

"Un deseo que no se cumple, se pudre", reza un refrán hindú. En La interpretación de los sueños (1900), Sigmund Freud asignaba a los deseos no realizados un papel trascendental en la conformación de las neurosis de sus pacientes. Al mismo tiempo reconocía la importancia del deseo postergado, insatisfecho, porque si hay algo que el hombre no puede permitirse es el goce absoluto. Pero es Jacques Lacan quien mejor explica las metáforas en las que se desliza el deseo para mantenerse siempre vivo con el famoso caso de "La bella carnicera", llamada así por ser la esposa de un carnicero pero también porque Lacan establece un juego de palabras en francés, entre "la belle bouchère"  ("la bella carnicera") y "la belle bouche erre" ("la bella boca se equivoca").

Cuenta la carnicera su sueño: "Quiero ofrecer una cena, pero sólo tengo un poco de salmón ahumado. Me dispongo a salir para hacer algunas compras, pero recuerdo que es domingo por la tarde y todas las tiendas están cerradas. Quiero llamar a algunos proveedores, pero el teléfono está estropeado. Así que renuncio al deseo de ofrecer la cena". En su vida diaria la mujer ansiaba comer no salmón, sino caviar, pero no se permitía tal gasto ni permitía al marido, interesado en complacerla, que le cumpliera el deseo. Se trata de mantener el deseo insatisfecho para así permanecer en una demanda permanente de amor. Por si fuera poco, la carnicera menciona el salmón en el sueño porque ese es el plato preferido de una amiga con la que se identifica y por la que, también, siente celos pues sabe que a su marido le gusta. Así, el sueño de la carnicera se vuelve un juego de espejos: el deseo de ver a su marido deseado por su amiga, o a su marido deseando a su amiga, es decir, un deseo de deseo para mantener a raya el goce total y devastador que sobrevendría a su realización, o a quedarse sin deseo.

El verbo "desear" tuvo su origen en un término de la lengua de los augures: desiderare, derivado del latín sidus, sideris: astro, de donde viene precisamente "sideral". Así, mientras considerare tenía que ver con contemplar o examinar un astro, desiderare se empleaba para lamentar su ausencia: echar de menos la presencia de un astro favorable en nuestro firmamento. En ese remoto origen el deseo tenía los ojos puestos en algo muy alto y muy lejano: inaccesible.

"Muero porque no muero", decía Santa Teresa para hablar del inconmensurable deseo místico; "ardo en deseos" reconocía la desdichada Mirra en Las Metamorfosis de Ovidio al confesar la pasión prohibida por su propio padre. El deseo pulula como un significante de insatisfacción permanente que, como en su origen etimológico, apunta hacia lo inalcanzable, hacia un más allá que, cada cual a su estilo, ya sea en las arenas del desierto o en una cena con caviar con los amantes apropiados, nos hace ensoñar el paraíso.