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Desembarco en Paraty

...la llave hacia el mundo de riquezas mineras que se explotaba detrás de montañas
ALBERTO RUY SANCHEZ El autor es poeta, narrador y ensayista. Su libro más reciente es la novela Elogio del insomnio, publicada por Alfaguara (FOTO: Nina Subin )
Alberto Ruy Sánchez
| domingo, 17 de agosto de 2014 | 00:10

Cuando se viaja por carretera de Río de Janeiro hacia el sur, la visión de la costa es la de un archipiélago de enorme profundidad donde unas islas van quedando siempre al fondo, separadas de las que tenemos enfrente por una bruma densa que vuelve casi palpable la enorme distancia entre ellas. Muchos kilómetros de esta presencia fantasmal por un lado del camino con una selva desbordante del otro dan a esa costa de la región de Río un carácter especialmente fantástico. Sin saberlo, recorremos a lo largo de casi doscientos kilómetros la Bahía de Isla Grande, la de las islas aparecidas. En este otro mundo, cada pellizco del litoral se va convirtiendo de pronto ante nuestros ojos en una playa paradisiaca o un pequeño puerto. Horacio Costa, que tiene una casa a una hora de Río, nos señala en el camino dos o tres rincones asombrosos que frecuenta y una envidiable playa nudista. Las apariciones continúan hasta un puerto más grande, Angra dos Reis, prácticamente enfrente de la Ilha Grande. También hay de pronto, entre tanto fantasma poético, una aparición terrorífica: dos plantas nucleares en uno de los más bellos rincones de la costa, con un espantoso conjunto habitacional de apariencia militar en una de las playas deslumbrantes. Evidente destino nocturno de los trabajadores de esas plantas. El conductor, un carioca que ama su región, nos explica: esto es obra de los gobiernos de generales, no podían soportar ni la seguridad de la población ni la belleza.

La disonancia queda atrás y muy poco después vamos entrando en un microclima que conduce a una bahía dentro de la bahía. Estamos llegando al antiguo puerto de Paraty. Unas cuantas calles de ciudad moderna llena de anuncios, esas ruinas nuevas, rodean como una muralla de fealdad a la ciudad antigua, especialmente. Ya en el centro histórico casi no entran los automóviles. Y en cuanto quedamos a pie nos envuelve la belleza de esta ciudad, su carácter único, su textura de muros encalados, sus perspectivas armónicas, sus techos de teja y su empedrado constante. Su proporción tan humana, nunca más alta de dos pisos, nos toca poderosamente. Cuatro calles más allá, un mar tranquilo pero posesivo nos llama.

Al fondo, otro horizonte de islas fantasmales, más lejanas, nos detiene. El muelle resguarda cientos de veleros. A la izquierda, el río casi quieto desemboca en la bahía. Nos damos cuenta con sorpresa de que detrás de nosotros hay unas montañas muy altas. Paraty, la antigua, nos parece de pronto un paréntesis urbano de plenitud inesperada al pie de gigantes cubiertos de jungla. Un suspiro profundo entre la cordillera verde, el río quieto y el mar de la bahía rigurosamente resguardada por fuertes en islas y penínsulas. Se comprende que Paraty haya sido elegida y fuera creciendo como la llave hacia el mundo de riquezas mineras que se explotaba detrás de estas montañas. Entrada y salida de todo lo posible encontrado en un lugar recóndito. Aquí, desde 1533 se habita una de las poblaciones más antiguas de América.

Hay entonces dos maneras de desembarcar en Paraty. Si se viene del camino costero uno se deja envolver de pronto, en cuanto se abandona esa barca moderna que puede ser el automóvil, por una textura urbana excepcional. Un lugar donde la armonía, la composición, parecen ser lo más importante que puede cubrirnos como un manto navegable. Como si se entrara en una nube. La dulce conmoción de estar en una ciudad evidentemente amada por sus habitantes es muy intensa. La composición extrañamente impecable se te va colando rápidamente dentro. Nada es igual después de ella.

La segunda manera es, literalmente, llegando por agua. Tiene la ventaja de que no se pasa por el cinturón de fealdad que en automóvil nos vemos obligados a atravesar. La paciencia de la navegación a vela es mejor para gozarla plenamente. La enormidad de la bahía va dejándonos tener en los ojos el perfil de la ciudad muy poco a poco. Una iglesia pequeña, muy blanca, nos ofrece la primera visión. Con su torre añadida más tarde, su atrio abierto al mar. En un momento, detrás de ella surge claramente el copete de la iglesia más grande. El frente de ambas se sobrepone como en un collage soldado por la distancia y enmarcado por palmeras altas. No podemos entrar por el río cuando la marea esta baja. Llegamos al muelle y su bosque de mástiles. En esta manera de desembarcar en Paraty, la belleza de la ciudad se toca a lo lejos en vez de envolver de golpe. La iniciación fantasmal de las islas queda siempre a la espalda y la cordillera verde a la vista. La sensación se asimila más lentamente pero no es menos intensa.

Por tierra, lo fantasmal predomina y se abren los ojos ya dentro del escenario que conmociona todos los sentidos. Por agua, lo fantasmal queda atrás, uno es el fantasma que va entrando poco a poco al escenario que asimilan antes los ojos.