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Acariciar al gato

Se equivocan aquellos que lo tildan de egoísta e indiferente: es que no han sido amados por un gato, ni disfrutado el terciopelo de su fricción sensual
Ana Clavel. La autora es narradora. "Las ninfas a veces sonríen", publicado por Alfaguara, es su libro más reciente (FOTO: )

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ANA CLAVEL
| domingo, 17 de marzo de 2013 | 00:10

De todo el orbe animal sólo el gato es perfecto. Los adjetivos se desbordan para dar fe de su enigma: hechizante, orgulloso, profundísimo, irreverente, inmaculado, gimnástico, perezoso. El poeta Pablo Neruda nos recuerda la elástica curva de su lomo, firme y sutil como "la línea de la proa de una nave". No son pocos los que le tributan una admiración sin par. Como Leonardo da Vinci quien afirmó: "el más pequeño gato es una obra maestra". Se equivocan aquellos que lo tildan de egoísta e indiferente: es que no han sido amados por un gato, ni disfrutado el terciopelo de su fricción sensual, sus manitas impecables, sus besos tenues… Algo de esta dicha conoció el libresco Borges quien le dedicó un poema a su pequeño "Beppo", no sin antes sonreír al recordar que así se llamaba también el gato de Lord Byron.

Muchos escritores se han dejado fotografiar con sus mascotas preferidas en imágenes memorables: Mishima, Hemingway, Kerouac, Cocteau, Foucault, Cortázar, Elena Garro, Monsiváis y un largo etcétera. La fascinación que ejerce en nosotros quizá tenga que ver con la magia hipnótica del fuego y la contemplación que nos sumerge en los misterios inefables de la belleza.

Muchos cuadros se han pintado de madonas, vírgenes, cortesanas en los que la presencia de algún minino retozón o taciturno no hace sino atraer los sublimes cielos del arte a la vida cotidiana. ¿Cómo no recordar a la frontal y complaciente Olympia de Manet con su gato erizado al sorprendernos espiándola? ¿O las nínfulas resplandecientes de Balthus tan plenas de gracia e indiferencia como los gatitos que las acompañan? Es sabido que Balthus fue devoto de las ninfas adolescentes y de los gatos eternos. Una de sus primeras series estuvo dedicada a Mitsou, una mascota de su niñez. Muchos años después se pintaría a sí mismo como un hombre-gato poderoso, con el trinche y un cuchillo afilado, dispuesto a devorar un arco iris de peces que surge del mar y se derrama directamente sobre su plato dispuesto y anhelante.

Baudelaire le dedicó varios poemas en sus Flores del mal y comparó su piel eléctrica con la de la mujer, lo mismo que su mirada, "fría y profunda, capaz de herir como un dardo". No son pocos los que han equiparado la esencia del gato con la de la mujer. En sus representaciones más antiguas se le adjudica un status divino. Así, la diosa egipcia Bastet, patrona de la danza, la alegría y la maternidad, era representada con cabeza de gata. El carruaje de Freya, diosa nórdica de la sexualidad y la lujuria, era tirado por un par de felinos. En cambio en la Edad Media se le asoció con el diablo y la brujería, y llegó a ser un espectáculo la quema de gatos en las hogueras de la noche de San Juan.

Veneración o temor, como esa otra figura a la que frecuentemente se le asocia: la mujer, a veces idealizada como la femme fragile o satanizada como la femme fatale. Bob Crane, creador de Batman y Gatúbela, solía decir: "Los gatos son tan difíciles de entender como las mujeres". En cambio, Charles Bukowski no se cansó de alabar a la mujer sensual, hembra mayor de los felinos, en su poema "¿Has besado alguna vez a una pantera?".

Víctor Hugo añadió a la lista de virtudes del Felis catus un goce tentador al señalar que Dios creó al gato para brindar al hombre el placer de acariciar un tigre –o en su caso, una tigresa–. Algo muy semejante a lo que escribió José Emilio Pacheco: "Gato/ Ven, acércate más./ Eres mi oportunidad / de acariciar al tigre/ –y de citar a Baudelaire". Es que el gato despierta caricias con sólo mirarlo. Como sucede con todo objeto del deseo que nos hace sus vasallos.