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A la puerta de Mogador

Desde el siglo V antes de Cristo los Cartagineses extraían un tesoro de sus costas: el tinte púrpura que sólo podían pagarse reyes y emperadores
ALBERTO RUY SÁNCHEZ El autor es poeta, narrador y ensayista. Su libro más reciente es la novela “Elogio del insomnio”, publicada por Alfaguara (FOTO: Nina Subin )

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ALBERTO RUY SANCHEZ
| domingo, 15 de julio de 2012 | 00:10


La Mogador de mis relatos es realidad. No le he inventado como muchos creen. Les voy a contar de ella lentamente.  En la vecina ciudad de Marrakech, los contadores de historias de la Plaza Jmá El-Fná afirman que para llegar a la ciudad de Essaouira-Mogador lo más conveniente es encomendarse a los espíritus del viento. Que ellos son los verdaderos amos de la ciudad amurallada. Y también de nuestro destino cuando vamos hacia ella. Antes se necesitaban más de doce días para que una caravana llegara a la casi isla de Mogador desde la Ciudad Imperial.

Ahora cualquier automóvil requiere por lo menos dos horas y media para cruzar los 176 kms que las separan.  Aunque desde hace un año hay una nueva carretera que puede ahorrar más de media hora. Ya no hay que esperar a que baje la marea para entrar a ella por tierra, ni a que suba y haya viento favorable para entrar por mar. Sin embargo, Essaouira sigue siendo dominada por los Vientos Alisios. Y no es extraño ver a los mogadorianos entrar a la ciudad saludando a una corriente de aire con un gesto rápido de la mano que antes tocó su corazón, como los cristianos en otras tierras se persignan al pasar frente a una iglesia. Gesto sutil que es fiel al nombre de la ciudad en berebere, lengua de sus más antiguos pobladores: Tassourt, “la poseída por el viento”.

De Marrakech hacia Essaouira se tiene una probada del desierto: horizontes ocres, extendidos, y esporádica arquitectura de tierra, siempre camaleónica. Luego aparecen pueblos tras humildes arcadas, campos de olivos y de arganos.  Y finalmente se llega a los bosques de thuya (tetraclinis   articulata), árbol pequeño de raíz ancha y muy olorosa que es la materia prima de la principal artesanía del puerto: la madera labrada y la taracea. A diferencia de otros árboles la thuya no se deja sumergir bajo las dunas devoradoras, como si flotara siempre por encima de ellas. Por eso ha sido sembrada para anclar a las dunas que no dejaban de meterse en la ciudad y amenazaban su existencia.  Ahora, esas dunas con su piel de thuya forman un mar verde de oleaje detenido que anuncia a Essaouira.

 La ciudad nueva no es interesante.  Salvo la extensa y ancha playa que bordearemos en parte antes de alcanzar las murallas y que es paraíso de surfeadores y navegantes de la plancha a vela. Tres kilómetros de arena en una generosa bahía protegida por el puerto, sus astilleros amurallados y las dos torres almenadas que la coronan.  Al centro de la bahía, dominando el horizonte y nuestra atención, se extienden las Islas Purpurinas. Sólo un kilómetro las separa del puerto. 

Una fortaleza en ruinas y una célebre prisión son huellas de la agitada historia de este sitio. Desde ahí, en 1844, la armada francesa con el Príncipe de Joinville a la cabeza, sitió a Mogador tratando inútilmente de poseerla. Un poeta romántico la llamó entonces “La inaccesible”. Pero de hecho estuvo en manos de portugueses, franceses, españoles y fue codiciado refugio de piratas. Desde el siglo V antes de Cristo los Cartagineses  extraían  un tesoro de sus costas: el tinte púrpura que sólo podían pagarse reyes y emperadores. Según Aristóteles valía veinte veces más que el oro. Se obtiene ordeñando a un caracol marino, el Murex tinctorium que en las islas Purpurinas tiene uno de sus escasos refugios. Ahora también son reserva de aves preciosas, como el halcón Eleonora.

El  camino nos deja al pie de la muralla, frente a la Puerta del León o Bab Sbá. Hasta ahí llegan los automóviles. Todo lo que sigue se hace a pie y ese es uno de los encantos de Essaouira. Al cruzar la Puerta estamos en la antigua Kasbah del Rey, un palacio fortaleza ahora desaparecido del que quedan varios edificios que alguna vez formaron un centro administrativo y el antiguo patio del palacio. La rectilínea y estrecha calle del Cairo, con sus escasas dos cuadras de largo, alberga a la oficina de turismo, algunas galerías de arte, un discreto cuartel de policía y el centro cultural más activo de la ciudad, Dar Souiri. Su patio central “a la andaluza” es sede continua de conciertos de cámara y de una nueva biblioteca sobre Essaouira.

La  calle se desvanece casi sin sentirlo para dejarnos ante una vía transversal muy ancha cuyas dos terceras partes son jardín: el Mechuar. Era el antiguo patio vestibular de un palacio desaparecido convertido en  avenida  breve pero nada angosta. Al frente, una nueva muralla se levanta diciéndonos que la ciudad está hecha de pliegues sucesivos.  Murallas comncéntricas. A su pie una hilera de palmeras corre apacible dialogando con sus sombras sobre el muro color de arena. Este ámbito nos ofrece tres puertas amuralladas para salir de él, que son tres maneras distintas de conocer Essaouira: por su columna vertebral, su piel o sus entrañas. Habrá que tomar y describirles cada una de estas rutas en la siguiente entrega de esta columna.