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Las manzanas, los dioses, los deseos

Para otras culturas las manzanas representaban otros tantos deseos: para la nórdica, la eterna juventud
ANA CLAVEL. La autora es narradora. Su libro Las ninfas a veces sonríen obtuvo el Premio Iberoamericano de Novela Elena Poniatowska. (FOTO: Especial. )

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ANA CLAVEL
| domingo, 12 de enero de 2014 | 00:10

Redonda y plena la manzana simboliza el mundo de los deseos terrenales. Según Cirlot en su Diccionario de símbolos la prohibición de comer de ella marcaba la preeminencia de los deseos del espíritu. Curiosamente en los tiempos en que se redactó la Biblia las manzanas no eran comunes en Oriente Medio. La descripción del Árbol del Conocimiento en el jardín del Edén no aludía a una fruta en específico. Su incorporación a la escena del Génesis se la debemos a los pintores. Entre los primeros, Alberto Durero que hacia 1507 plasmó Adán y Eva, óleo en el que una oportuna rama de manzano logra ocultar los genitales de la primera pareja, pero no el resto de sus cuerpos desnudos que irradian la frontalidad del misterio.

En tiempos homéricos, representó también la discordia: la guerra de Troya se desencadenó cuando la diosa Eris, al ser excluida de una fiesta memorable, arrojó a los pies de los invitados una manzana de oro con la leyenda: “Kallistei” (“Para la más bella”). Tres diosas se la disputaron pero Zeus, astuto, entregó al príncipe de Troya la desde entonces así llamada “manzana de la discordia” para que dirimiera la cuestión. Paris se decidió por la belleza de Afrodita y su promesa de cumplirle un deseo: poseer a la mujer más hermosa de la tierra: Helena, esposa del rey Menelao. De ahí el rapto de la mujer y la guerra de nueve años para recuperarla, las hazañas de los héroes, las zozobras de los hombres, el poema de 15,693 versos de La Ilíada.

Para otras culturas las manzanas representaban otros tantos deseos: para la nórdica, la eterna juventud; para la china, la paz y la belleza femenina. Entre los griegos eran célebres las manzanas de oro resguardadas por las Hespérides, que prodigaban el don de la inmortalidad. Custodiadas por un dragón, Hércules se apoderó de ellas para así cumplir con uno más de sus famosos trabajos. Hay otra leyenda relacionada con estas manzanas doradas: la de Atalanta, muchacha repudiada por su padre desde el nacimiento por el hecho de no haber sido varón. Abandonada en el bosque se crió gracias a los primeros cuidados de una osa y después de unos cazadores. Acostumbrada a una vida indómita, Atalanta se ejercitó en la caza, las carreras, la lucha cuerpo a cuerpo. Así venció a centauros, dio muerte a criaturas fabulosas, derrotó a numerosos héroes. A la destreza sumaba la hermosura pero ella decidió consagrar su virginidad a la diosa de los bosques.

Los pretendientes no se arredraban e insistían. Atalanta terminó por aceptar que se casaría con aquel que la venciera en una carrera —pero de no vencerla, le esperaría la muerte—. No fueron pocos los que murieron derrotados hasta que apareció Hipómenes con las manzanas de las Hespérides. Cada vez que Atalanta lo adelantaba en la marcha, el joven arrojaba una de las manzanas al suelo. Y entonces sucedía el prodigio: la muchacha fascinada por el esplendor de las frutas se detenía a recogerlas… y así fue vencida y desposada.

Desde 2005 es posible apreciar otra suerte de “doradas manzanas del sol y plateadas manzanas de la luna” en los libros del sello Atalanta, colección dirigida por Jacobo Siruela e Inka Martí. Verdaderas joyas de la edición con títulos que son deseos fantásticos y secretos. Entre sus novedades para esta temporada destaca un regalo maravilloso: el primer volumen de los Libros proféticos de William Blake, en edición bilingüe, con páginas facsimilares e ilustraciones originales del poeta y artista visionario a todo color. De su Matrimonio de Cielo e Infierno están tomadas estas gemas luminosas que resplandecen en nuestra oscuridad: “El que desea pero no actúa, cría la peste” y “Así, los hombres olvidaron que todas las deidades residen en el pecho humano”.